En la política mexicana hay silencios que gritan y abrazos que asfixian. La reciente visita de la presidenta Claudia Sheinbaum a Tlaxcala ha sido presentada por la maquinaria de propaganda estatal como una especie de canonización política para Lorena Cuéllar Cisneros.

Sin embargo, detrás del flash de las cámaras y el libreto acartonado de la “unidad transformadora”, lo que presenciamos fue un acto de conservación del proyecto político: una presidenta que, cuidando la fachada de su propio edificio federal, se ve obligada a apuntalar los muros agrietados y salitrosos de administraciones estatales que hacen agua por todos lados.
El pecado de la ingenuidad: el vocero y su realidad alterna
Resulta casi enternecedor, si no fuera patético, el papel que juega Antonio Martínez Velázquez. El vocero de la gobernadora, en un alarde de miopía política o de un servilismo que raya en lo cómico, se regocija públicamente porque la presidenta “reconoce el trabajo” de su jefa.
Martínez Velázquez peca de una ingenuidad pueril —o de un cinismo profesional que roza lo dramático— si realmente cree que Claudia Sheinbaum ignora el lodazal en el que camina el gobierno de Tlaxcala: la corrupción, el nepotismo, sus camionetas blindadas que “no tiene ni Obama”, sus propiedades y el patrimonio familiar en franco crecimiento, el tráfico de influencias para beneficiar a constructores poblanos que le dejan cuantiosos “moches”, la inseguridad en la que viven los habitantes, el uso opaco de los recursos públicos y la presencia de dos cárteles de la droga en nuestro territorio, según el Departamento de Estado de los EUA, entre otros.
¿De verdad piensa el vocero que en el escritorio de la presidenta no reposan los expedientes reservados de la FGR, los reportes de inteligencia sobre el crecimiento de la trata de personas que Lorena niega que exista y las encuestas de aprobación que sitúan a Cuéllar en el sótano de la aceptación nacional?
Sheinbaum, una mujer de datos y método, sabe perfectamente quién es quién. Pero Martínez Velázquez prefiere vender la fotografía del abrazo como un certificado de pureza, cuando en realidad es un “beso de Judas” institucional: te abrazo hoy para que no te caigas y me arrastres, pero sé perfectamente qué manos estoy estrechando.
La presidenta no va a venir a acusar a uno de los suyos; no le conviene al segundo piso de la 4T. Ejemplos similares se multiplican en todo México, algunos más indignantes que otros.
El séquito del desprestigio en las gubernaturas de Morena
Lo que pasa en Tlaxcala es uno más; es apenas un síntoma de una metástasis regional. Sheinbaum recorre el país visitando una “galería de los horrores” políticos que ella misma tiene que llamar “aliados” y justificar que sí trabajan: sus gobernadoras y gobernadores del movimiento.
En Sinaloa, se ve obligada a posar junto a un Rubén Rocha Moya cuya sombra se alarga cada vez que se menciona el nombre de Ismael “El Mayo” Zambada. En Guerrero, debe validar la gestión de una Evelyn Salgado que gobierna bajo la tutoría de su padre y bajo el permiso de facto de los grupos delictivos que controlan desde el precio del limón hasta la vida de los alcaldes. En Baja California, Marina del Pilar es cobijada mientras las investigaciones por lavado de dinero cercan a su círculo más íntimo.
En Zacatecas, de David Monreal, persiste la disputa entre el Cártel de Sinaloa y el CJNG, con alta incidencia de extorsiones, desapariciones y violencia en carreteras, pese a reducciones recientes en homicidios. En Michoacán, de Alfredo Ramírez Bedolla, el crimen organizado (CJNG, Los Viagras, Cárteles Unidos) controla economías como el aguacate y el limón mediante extorsión extrema; persisten asesinatos selectivos y fragmentación criminal.
En Veracruz, de Rocío Nahle, hay presencia de grupos como el Cártel del Golfo y el CJNG, con problemas de homicidios, tráfico y extorsión en zonas portuarias y rurales. Y en Morelos destaca la alta tasa de violencia letal por influencia de La Familia Michoacana y el CJNG, con extorsiones, disputas territoriales y elevada percepción de inseguridad, más la herencia de corrupción y crimen del exgobernador Cuauhtémoc Blanco.
¿Por qué la presidenta guarda silencio? La respuesta es tan lógica como aterradora: Claudia Sheinbaum está atrapada en la paradoja del “dueño del cristal”. Si ella misma señala la podredumbre en los estados gobernados por Morena, estaría admitiendo que el proyecto de la Cuarta Transformación ha fracasado en su promesa más básica: la regeneración ética de la vida pública.
Por ello, denunciar a Lorena Cuéllar por sus fechorías, a Rocha Moya por sus presuntos vínculos criminales o a cualquiera de los gobernadores de Morena sería dispararse en el pie. Sería aceptar que su partido se está convirtiendo en lo que juró destruir.
El delfín y el saqueo: Alfonso Sánchez García en la mira
El punto más crítico de esta comedia de errores es el descarado desvío de recursos públicos para apuntalar la campaña ilegal y anticipada del “delfín” del régimen, Alfonso Sánchez García. En Tlaxcala, el secreto a voces ha pasado a ser una denuncia formal ante las autoridades electorales. Se acusa a la administración de Cuéllar de utilizar el erario —ese dinero que falta en medicinas para los hospitales estatales y en equipo para una policía desbordada— para pavimentar el camino político del hijo del exgobernador Sánchez Anaya.
La ironía es mordaz: mientras Sheinbaum predica desde el púlpito nacional que “no son iguales” a los regímenes del pasado, en Tlaxcala Lorena Cuéllar revive el manual más rancio del PRI de los años setenta: el uso de la infraestructura estatal, el acarreo financiado con impuestos y la coacción de voluntades para heredar el poder.
Que el vocero Martínez Velázquez ignore esto en sus comunicados no lo hace inexistente; lo hace cómplice de una simulación grotesca, no por convicción, sino por estricta necesidad de supervivencia.
Tlaxcala: un estado en la orfandad institucional
Mientras el vocero se distrae con la estética del poder, la realidad de Tlaxcala es de una crudeza que no admite filtros de Instagram. La gobernadora Cuéllar ha convertido al estado en un feudo de intereses familiares y atropellos laborales.
La administración de Cuéllar ha sido reprobada por la ciudadanía en materia de transparencia y combate a la corrupción. No es una opinión de la oposición; es el sentir de una población que ve cómo el “gobierno del cambio” se dedica a inaugurar fuentes de ornato y parques mediocres, mientras la inseguridad en la zona sur del estado —la histórica herida de la trata de personas— sigue siendo ignorada con una displicencia criminal.
La presidenta y el “bien mayor”
El viaje de Sheinbaum a las entidades gobernadas por Morena tiene un solo objetivo: evitar que la marca se desplome antes de las próximas elecciones. Ella sabe que muchos de sus gobernadores son lastres, pero son los lastres que heredó de AMLO. En la lógica de Palacio Nacional, es preferible un gobernador ineficiente y cuestionado que un espacio cedido a la oposición.
Sin embargo, este pragmatismo tiene un límite. Al validar a figuras como Lorena Cuéllar, la presidenta está hipotecando su propia autoridad moral. El silencio ante el desvío de recursos para Alfonso Sánchez García la convierte en beneficiaria indirecta de una ilegalidad. No puede decirse que se lucha contra la corrupción arriba mientras se permite que abajo, en los estados, los gobernadores se despachen con la cuchara grande para asegurar sus sucesiones.
En conclusión, el señor Antonio Martínez Velázquez puede seguir redactando boletines donde el “reconocimiento” de la presidenta brille como oro falso. Pero el pueblo de Tlaxcala, y de los demás estados que sufren el pésimo desempeño de estos virreyes modernos, ya no compra espejitos.
La presidenta “cuida a la 4T” a costa de la justicia. Su gira por los estados es un tour de supervisión de daños, no de celebración de logros. Lorena Cuéllar puede sentirse tranquila por hoy, protegida por el manto presidencial que no permite que se toque a ninguno de los suyos. Pero la historia, y eventualmente las urnas, recordarán que hubo un tiempo en que la esperanza se transformó en cinismo y que la presidenta, sabiendo todo lo que pasaba, decidió mirar hacia otro lado para no ver cómo se derrumbaba la 4T.
No se equivoque, don Marvel, ni trate a los periodistas de ingenuos y tontos. Mejor mírese en el espejo para saber quién es el verdadero pelele.
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