El Carnaval de Tlaxcala 2026 quedará grabado en la memoria colectiva no como una explosión de color y vida popular, sino como un fracaso monumental en la capital tlaxcalteca: ineptitud gubernamental, un derroche cínico de recursos públicos y el asesinato premeditado de una tradición centenaria.

 

 

Bajo la administración de Lorena Cuéllar Cisneros, la fiesta más arraigada y viva del pueblo del estado fue secuestrada, desterrada de las calles y plazas para ser confinada en un recinto ferial frío, aislado y hostil, que terminó convertido en un mausoleo de la cultura tlaxcalteca.

 

Las gradas desiertas y los huehues bailando al viento, ante un público compuesto casi exclusivamente por familiares y asistentes obligados, fueron las imágenes más elocuentes del desastre: millones de pesos tirados al drenaje mientras la esencia del carnaval se asfixiaba por falta de alma y de pueblo.

 

La decisión de encerrar el carnaval en el recinto ferial y el centro de convenciones no fue un simple error de planeación; fue un acto de violencia cultural deliberado.

 

El carnaval tlaxcalteca no es un show de escenario con luces artificiales ni un evento de boleto pagado: es calle, sudor, improvisación, roce con la gente, caos organizado y libertad colectiva; así nació.

 

Encerrarlo fue mutilarlo, domesticarlo, burocratizarlo de la peor manera hasta dejarlo irreconocible. Fue convertir una expresión viva del pueblo en un trámite administrativo vacío para simular que se “preserva el registro” y justificar el despilfarro.

 

“Hay que organizar el carnaval, si no, ya ves cómo se ponen los ‘pinches’ tlaxcaltecas; que les den unos pesos para sus ‘aguas’ para que se queden tranquilos”, es la política cultural de Tlaxcala.

 

Esta incoherencia en la política cultural de Lorena Cuéllar revela una profunda ignorancia —o peor, un desprecio deliberado— hacia la historia y la esencia misma del carnaval tlaxcalteca.

 

Fuentes históricas confiables, como el documento oficial del Archivo Histórico de Tlaxcala de 1699, donde el gobernador colonial prohibía burlas a personalidades locales en náhuatl y español, lo confirman.

 

Investigaciones y publicaciones del propio gobierno estatal, como “Tlaxcala, El Carnaval y su historia”, confirman que esta fiesta tiene raíces en el siglo XVI, con una fusión entre tradiciones europeas introducidas por los colonizadores y elementos prehispánicos autóctonos. Las danzas de los huehues (del náhuatl “koyowewe”, ancianos o dios de la danza) provienen de rituales agrícolas en honor a deidades como Tlaloc (dios de la lluvia) y su consorte Matlalcueye (la montaña Malinche), vinculados al ciclo de siembra y fertilidad de la tierra.

 

Desde sus orígenes coloniales —documentados desde el siglo XVI con testimonios de fray Toribio de Benavente “Motolinía” sobre desfiles de batallones indígenas—, el carnaval se desarrolló en tres etapas: comparsas y batallones (siglos XVI-XVIII), contradanzas y sones (siglos XIX-XX) y cuadrillas modernas (finales del siglo XIX en adelante).

 

Pero lo más importante es que su núcleo siempre ha sido comunitario y popular: nace en los barrios, revive las economías locales, cohesiona identidades y se expresa en las calles como espacio de burla, resistencia y sincretismo cultural. Los huehues parodiaban a las élites españolas con trajes lujosos y máscaras europeas, convirtiendo la fiesta en un acto de memoria colectiva y crítica social.

 

Encerrarlo en recintos fríos y aislados (no se vaya a molestar la reina del palacio de gobierno con el bullicio, el baile y la música del pueblo) ignora siglos de evolución, en los que la tradición sobrevivió sin subsidios masivos precisamente porque latía en el pueblo, en las plazas, en las procesiones espontáneas y en el roce directo con la comunidad. Es la esencia misma de la cultura popular y de las expresiones comunitarias.

 

Y el despilfarro fue obsceno. Se anunciaron millones en “incentivos” —5 millones de pesos repartidos entre 300 camadas, según la propaganda oficial— que, en la realidad, se diluyeron como gotas en el desierto frente a los costos reales que enfrentan los danzantes: orquestas caras, trajes elaborados a mano, transporte, alimentación, logística y hasta riesgos físicos.

 

Esos “apoyos” no fortalecieron nada; precarizaron aún más a quienes realmente sostienen la tradición con su bolsillo, su tiempo y su pasión, mientras el gobierno se colgaba medallas de cartón y promovía el evento en la Ciudad de México como “política de Estado”, sin entender su raíz comunitaria, porque no les importa; Lorena quiere votos, no identidad.

 

Las condiciones del recinto fueron la cereza del pastel podrido: pisos inadecuados que convirtieron cada paso en un peligro de fractura para los huehues; acústica pésima que mató la música y convirtió las danzas en un eco sordo; un ambiente totalmente impersonal que apagó cualquier chispa festiva.

 

Lo que debía ser una celebración se redujo a un espectáculo desangelado y obsceno, un funeral anticipado de la identidad tlaxcalteca.

 

La cadena de desaciertos y negligencia es larga y vergonzosa, y siguieron al pie de la letra la instrucción de la gobernadora: la secretaria de Cultura, la ignorante y pusilánime Karen Villeda; el secretario de Turismo, el “seis dedos patrio”, Fabricio Mena; y Homero Meneses, el rebelde izquierdoso sometido secretario de Educación, porque ya come tres veces al día —comida chatarra, pero come—, se repartieron la responsabilidad de este atentado contra el patrimonio vivo.

 

Ninguno tuvo visión, ninguno tuvo capacidad, ninguno tuvo respeto por lo que significa el carnaval para Tlaxcala, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial del estado en 2013.

 

Prefirieron la lógica del control burocrático, la foto oficial y el cheque público antes que escuchar al pueblo, que ha sostenido esta fiesta por generaciones sin necesitar un solo peso de subsidio gubernamental. Son una banda de incompetentes frustrados.

 

Pensar que el carnaval se salva y se conserva con dinero público mal repartido y espacios controlados revela no solo ignorancia, sino arrogancia supina de burócratas mediocres con la panza al cielo.

 

El carnaval tlaxcalteca ha sobrevivido por generaciones, invasiones, revoluciones, crisis económicas y pandemias porque late en las venas del pueblo, no en las oficinas del gobierno. Intentar controlarlo, encerrarlo y “mejorarlo” con decisiones desde arriba no es preservarlo: es matarlo lentamente, ignorando su origen sincrético, su función ritual agrícola y su esencia como expresión de resistencia popular.

 

Si las oficinas en donde se gestiona la política cultural de la entidad bajo el mando de la seño Álvarez Villeda, ahora se ha convertido en una de las tantas casas de campaña electorales para apoyar al delfín de la gobernadora, la desgracia es aún mayor.

 

El despilfarro irresponsable continúa (vaya usted a saber si también les piden “moches” a las camadas por el “apoyito” que les dan); el desenlace es inevitable y ya se vislumbra: las camadas abandonarán los recintos fantasmas y regresarán a sus barrios, a sus calles, a sus plazas.

 

Allí deben regresar, a su origen, sin reflectores oficiales ni “incentivos” electoreros. El verdadero carnaval seguirá vivo, rebelde y auténtico. Porque la tradición no muere por falta de dinero: muere asfixiada por la ineptitud y la soberbia de quienes creen que pueden comprarla o domesticarla.

 

El Carnaval de Tlaxcala 2026 no es la fiesta de los burócratas. Está siendo un crimen cultural cometido con presupuesto público.

*****************************************************************