No todos somos iguales o el daño de la prensa mediocre: carroñeros en el umbral de la nada.

 

 

Es muy lamentable cuando en el medio periodístico local los más “carroñeros” del oficio ocupan sus espacios para respirar por sus heridas. Sí los hay, ellos saben quiénes son.

 

Cierto, la prensa debería ser el vigía implacable del poder: aliada de la verdad. Debería ejercer la libertad de expresión con rigor, profundidad y valentía, iluminando los abusos, fiscalizando a los poderosos y contribuyendo con seriedad al pensamiento crítico.

 

Sin embargo, existen los que son simuladores del ejercicio periodístico. No están comprometidos con el poder, pero tampoco con la oposición; se instalan cómodamente en el umbral de la mediocridad. Un periodismo tibio, sensacionalista y oportunista es quizá el más dañino de todos, porque no construye ni defiende nada: solo devora carroña.

 

Como los zopilotes que planean en círculos esperando la muerte ajena para alimentarse de sus restos, estos medios y periodistas se especializan en el morbo, el escándalo fácil y la tragedia ajena. No investigan con profundidad los grandes temas estructurales, la corrupción sistémica, la desigualdad o las violaciones de derechos, sino que se arrojan sobre el cadáver fresco: un crimen sangriento, un accidente espectacular, un escándalo sexual o una catástrofe personal.

 

Titulares exagerados, repetitivos, las mismas “muletillas”, las mismas imágenes y narrativas emocionales priman sobre los hechos verificados y el contexto. El objetivo no es informar ni transformar la realidad, sino generar rumores.

 

Este “periodismo zopilote” erosiona la confianza pública en los medios. Al abordar con banalidad la violencia de cualquier tipo y las desgracias de las personas, hace que la sociedad cada vez sea más insensible a ellas, convirtiendo tragedias en entretenimiento fugaz.

 

Fomenta una opinión pública superficial, polarizada por emociones crudas en lugar de razonamientos informados. Peor aún, al evitar tomar partido real —ni defendiendo al poder con propaganda ni atacándolo con investigación seria—, se convierte en un cómplice pasivo del statu quo. No desafía a nadie con sustancia; solo picotea los restos para sobrevivir comercialmente.

 

Esa prensa sensacionalista nos hace mucho daño en el oficio (es la “prensa chicha”, “amarilla” o “carroñera”). Se ha instalado, afortunadamente, en una reducida madriguera en Tlaxcala: pretenden manipular las emociones sin éxito, se asumen como víctimas del poder, pero en última instancia abonan a una ciudadanía desinformada. Este modelo no ejerce la libertad de expresión; la reduce a un mediocre espectáculo de buitres disputándose migajas o extorsionando alcaldes que les creen.

 

Al final, esta prensa mediocre no solo daña a las víctimas que explota, sino a la democracia misma. Sin un periodismo valiente y riguroso, sea crítico o equilibrado, el poder queda sin contrapeso real y la sociedad se alimenta de desechos en lugar de verdad.

 

Siguiendo la lógica en Tlaxcala de los “medios buenos y malos”, estos carroñeros no se encuentran en ninguno de los casos; están en el centro, en la mediocridad del periodismo. No aportan nada, no crean opinión sobre nada; son aves de rapiña que esperan a la presa y, cuando les cortan las alas, se desquician y se agazapan.

 

Cuando desde el poder ya no les dan los privilegios de los que algún día “gozaron” —vivienda, camioneta y el financiamiento de sus bodas y francachelas—, entonces se convierten en el periodista crítico por necesidad, por hambre. A no todos los comunicadores en Tlaxcala los han pillado alcoholizados ni los han acusado de violencia doméstica.

 

Es importante que estos mediocres se miren al espejo y descubran su negro pasado de complicidad y tolerancia con el poder. Porque cuando se atreven a criticar a miembros de su gremio, se muerden la lengua, sangran y respiran por sus heridas.

 

Se asocian con similares para sentirse que tienen un poquito de liderazgo, una nada de poder de la palabra que no le hace daño a nadie, quizá a sí mismos, porque jamás saldrán de la mediana forma de hacer periodismo. Quieren sentirse dueños de un pequeño reducto de influencia que, en realidad, no daña a nadie más que a ellos mismos, porque los limita a permanecer en la medianía eterna del oficio.

 

En el periodismo, como en la política, es justo recordar una verdad elemental: no todos somos iguales. Existe una diferencia abismal entre quienes ejercen esta profesión conociendo los hilos del poder y los que se venden porque no les queda de otra.

 

Durante años viven cómodamente al amparo del poder: aceptan favores y que les encubran sus violaciones a la ley.

 

Mientras el viento sopla a favor, callan, aplauden o miran hacia otro lado; y cuando se les termina, se desquician hasta la locura y caminan sin rumbo. Son como perros sin correa al que nadie les echa un lazo.

 

Cuando el flujo de privilegios que sí “disfrutaron” —pero se les olvida— se seca porque ya no hay dinero ni francachelas pagadas, entonces, y solo entonces, descubren la “crítica” muy local, muy ratonera.

 

Ese periodismo reactivo, nacido de la frustración personal y no de principios, no aporta nada. No construye opinión pública, no fiscaliza con profundidad, no arriesga. Se limita a repetir lugares comunes, a morderse la lengua cuando debe cuestionar a los suyos y a sangrar en silencio ante las complicidades del gremio.

 

Este tipo de “oposición” carroñera termina siendo funcional al poder que dice combatir. Al carecer de sustancia, de proyecto y de credibilidad, no representa amenaza alguna. Por eso no los buscan para ofrecerles arreglos económicos ni prebendas: no hace falta.

 

Le sirve más al gobierno y a los poderosos de turno que sigan existiendo como supuesta crítica. Son inofensivos. No significan nada.

 

Estos mediocres “camaradas” deben mirarse al espejo y reconocer su negro pasado de tolerancia y complicidad. El periodismo no merece ser reducido a eso. Ya no les pagan la cuenta desde hace años y han terminado en la reacción. Porque, insistimos, no todos somos iguales. Y mientras unos se conforman con las migajas y el resentimiento tardío, otros seguimos convencidos de que este oficio puede y debe ser mucho más, no un mecanismo de supervivencia personal.

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