El costo del continuismo lorenista en Tlaxcala.

La batalla por Morena: Entre el arraigo popular y la cargada gubernamental.
El cierre de registros ante la Comisión Nacional de Elecciones de Morena ha dejado sobre la mesa una lista de once aspirantes que buscan la Coordinación Estatal de los Comités en Defensa de la Transformación en Tlaxcala, antesala innegable de la candidatura al gobierno del estado para 2027.
Detrás de la formalidad burocrática del partido oficialista se esconde una de las pugnas políticas más encarnizadas y asimétricas que recuerde la historia reciente de la entidad, todo al interior del mismo partido político, Morena, pero con diferentes proyectos y visiones.
Las encuestas nacionales y serias perfilan una recta final de pronóstico reservado, donde el verdadero reto no radica en la popularidad, sino en la capacidad de los dos punteros reales para medir con exactitud la compleja realidad política que se respira en las calles tlaxcaltecas. Si sus respectivos cuartos de guerra ignoran el auténtico sentir ciudadano, el destino final será la derrota.
En la cima de las posibilidades, por derecho propio, trayectoria y posicionamiento en los estudios demoscópicos, se encuentra la senadora con licencia Ana Lilia Rivera Rivera. Cuenta y ya lo demostró con el apoyo de influyentes actores políticos nacionales.
Su perfil encarna la genuina identidad de la llamada Cuarta Transformación: una legisladora vinculada a las bases, con un discurso de arraigo popular y un crecimiento orgánico que le otorga todas las posibilidades de triunfo en una encuesta abierta y libre de coacciones.
Sin embargo, en la ecuación política tlaxcalteca la lógica democrática suele colisionar de frente contra las estructuras del poder establecido.
El gran obstáculo para Rivera no proviene de la oposición formal, sino del interior de su propio partido. Su principal contendiente no es el alcalde de la capital con licencia, Alfonso Sánchez García; es la gobernadora Lorena Cuéllar.
El delfín cuenta con un factor que pretende alterar la balanza a golpe de imposición: el respaldo irrestricto de su madrina política. Si hasta el momento el dispendio de recursos públicos, el activismo institucional encubierto y la cargada gubernamental en favor del llamado “delfín” han sido grotescos y denunciados ante las autoridades electorales, lo que se avecina en las próximas semanas no tendrá precedentes.
El aparato de Estado se volcará de manera abrumadora mediante recursos financieros, humanos y materiales con un único propósito: impedir que Ana Lilia Rivera se alce con la Coordinación Estatal y asegurar la supervivencia de la hegemonía lorenista.
No obstante, este despliegue de fuerza estatal podría resultar contraproducente. Alfonso Sánchez García carga sobre sus espaldas con un lastre sumamente pesado: el profundo rechazo que la gran mayoría de los habitantes de Tlaxcala profesa hacia la gestión de Lorena Cuéllar y que está registrado en varios estudios demoscópicos.
El alcalde con licencia cometió el error estratégico de nunca deslindarse de las decisiones, escándalos y omisiones de la mandataria; hoy ya es demasiado tarde. En el ánimo y la percepción de la ciudadanía se ha consolidado la idea de que el hijo del ex gobernador Alfonso Sánchez Anaya no representa una opción de cambio, progreso o desarrollo, sino la versión más rancia del continuismo.
Al profundizar en los antecedentes de Sánchez García, salta a la vista un árbol genealógico y político incrustado en el viejo régimen. Para el electorado tlaxcalteca, su postulación evoca a ese priismo enquistado que se ha repartido y heredado el poder en el estado durante los últimos cincuenta años, alternando siglas y colores partidistas según las conveniencias del momento histórico.
Marcela González Castillo, actual dirigente estatal de Morena y quien no se ha detenido en su activismo a favor de su esposo Alfonso, complementa este blindaje familiar e institucional, porque así lo decidió Lorena, lo que enciende las alarmas sobre un flagrante conflicto de interés en el proceso interno.
La ciudadanía asocia indisolublemente a Alfonso Sánchez García con Lorena Cuéllar; una marca desgastada, cuestionada por la inseguridad creciente, la presencia que ya no se puede ocultar del crimen organizado y la operación de los cárteles de la droga en la entidad, los conflictos sociales, la vergonzosa prevalencia de la trata de personas con fines de explotación sexual y la opacidad administrativa.
El continuismo que representa el alcalde con licencia es uno que arrastra demasiada cola que le pisen.
Frente a esta polarización, el papel de los otros nueve inscritos en el proceso interno raya en lo penoso. Perfiles provenientes de las fuerzas aliadas y de las corrientes internas locales —como Irma Garay Loredo por el PT, Salvador Santos Cedillo por el PVEM, Carlos Augusto Pérez Hernández, Raymundo Vázquez Conchas, Floria María Hernández, Héctor Bernardo Paredes y Concepción Sánchez— parecen destinados a un rol testimonial.
Conscientes de que sus posibilidades de triunfo son nulas hasta este momento, su participación se reduce para algunos a hacer el ridículo bajo la simulación democrática o, en el escenario más pragmático, a construir monedas de cambio.
Su verdadera misión en las próximas semanas será negociar y pactar sus respectivas cuotas de poder con alguno de los dos punteros reales para asegurar su supervivencia política en 2027 y no morir en el intento.
La moneda está en el aire. De un lado se encuentra el peso aplastante de la maquinaria gubernamental lorenista, empeñada en perpetuar un linaje político a través de su delfín; del otro, una base social y una ciudadanía agraviada que exige un alto definitivo a las viejas prácticas de reparto oligárquico de la entidad.
Las encuestas medirán los números, pero las calles juzgarán la legitimidad. Si el oficialismo subestima el hartazgo ciudadano frente al abuso de los recursos públicos y la imposición familiar, Tlaxcala podría atestiguar una ruptura de proporciones históricas con un desenlace que no beneficiará a nadie.
El desenlace de esta pugna definirá si el estado avanza hacia una verdadera transformación o se hunde en el continuismo de los mismos apellidos de siempre.
Septiembre próximo, es el mes del JUICIO FINAL.
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