El relevo en la gubernatura es un tema vigente del que se escribe y se escribirá mucho en los próximos días, semanas y meses.

Sin que exista claridad sobre cuándo Morena elegirá a sus candidatos que se convertirán en los coordinadores de los comités de defensa del segundo piso de la Cuarta Transformación, la realidad es que hasta ahora prevalecen más errores que aciertos en la carrera por la silla que en agosto del 2027 dejará la actual gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros.
De entrada, se ve como complicado que el delfín del lorenismo, Alfonso Sánchez García, logre repuntar o éste acumule el capital político de la mandataria. El intento de imponer a un sucesor está generando más desgaste que beneficio.
El proyecto que se empuja desde el gobierno estatal no crece pese al aparato y los recursos públicos que se invierten.
Por lo que corresponde a la rival que es vista como la enemiga a vencer, la senadora Ana Lilia Rivera Rivera, ésta sobrevivió y salió bien librada del feroz y real ataque al que fue sometida por incurrir en errores.
El castigo se excedió y fue tan insistente que dejó de leerse como corrección y empezó a verse como operación. Eso, paradójicamente, no la tumbó. Al contrario, la ratificó como puntera bajo fuego, reforzando la lectura de que le están pegando porque encabeza las preferencias.
Por tal razón, a continuación les comparto un análisis de un experto en marketing político que decidió escribir unas líneas que describen cómo se ve la sucesión desde fuera.
“Tlaxcala rumbo a 2027: cuando la sucesión dejó de ser competencia y se volvió problema
La disputa interna de Morena rumbo a la gubernatura de Tlaxcala ya no es una simple carrera entre aspirantes. En las últimas semanas, la sucesión se ha convertido en un problema político que va más allá de nombres y entra al terreno del desgaste, la legitimidad y el riesgo.
El gobierno de Lorena Cuéllar Cisneros enfrenta un desgaste evidente en la percepción ciudadana y en la conversación en redes sociales. No se trata de un rechazo frontal, sino de algo más complejo y difícil de revertir: cansancio, sensación de lejanía y la idea de que el gobierno dejó de escuchar.
Los intentos recientes por reposicionar la gestión mediante vídeos de resultados y mensajes institucionales han servido para ordenar el discurso, pero no han logrado reconectar emocionalmente con la ciudadanía. En redes, estos esfuerzos se perciben más como defensa que como liderazgo.
El efecto es claro: el capital político ya no se transfiere. Hoy, cualquier proyecto asociado directamente al gobierno carga también con sus negativos.
Alfonso Sánchez cuenta con estructura, recursos y una operación territorial visible. Sin embargo, su crecimiento en preferencia se mantiene limitado. La lectura en la calle y en redes es consistente: se le percibe como el candidato del gobierno, no como una alternativa.
La promoción adelantada, el uso intensivo del aparato y la participación de funcionarios han generado una percepción de imposición más que de respaldo ciudadano genuino. A ello se suman señalamientos por actos anticipados de campaña, que abren flancos legales y narrativos y convierten su proyecto en un riesgo innecesario para Morena.
Ana Lilia Rivera cometió errores reales de comunicación y exposición pública. Sin embargo, el ataque posterior fue intenso y persistente, claramente orientado a deslegitimarla como opción. Lejos de debilitarla, esa ofensiva terminó colocándola como la figura que resiste sin el respaldo del aparato gubernamental.
Hoy mantiene viabilidad electoral con una condición clara: no cometer errores mayores en la recta final del proceso interno.
El punto de quiebre en Tlaxcala es que la discusión dejó de centrarse en quién va arriba en las encuestas y pasó a enfocarse en cómo se está intentando definir la candidatura.
Señalamientos sobre manipulación de procesos internos, uso del aparato gubernamental y prácticas asociadas al clientelismo encendieron alertas.
Cuando el método se vuelve el problema, Morena enfrenta un dilema: intervenir o cargar con el costo político. La experiencia indica que el partido evita asumir conflictos locales que ponen en riesgo su legitimidad.
En este escenario, la definición se ha simplificado. Apostar por un hombre implica continuidad, control local y tranquilidad para el gobierno saliente, pero también desgaste heredado y riesgo legal. Apostar por una mujer implica menor carga de negativos, mayor viabilidad electoral y alineación con la lógica de paridad del movimiento.
No es una decisión simbólica. Es una decisión práctica.
Lorena Cuéllar ya no logra transferir capital político. Alfonso Sánchez no despega pese a la estructura. Ana Lilia Rivera tiene el campo abierto, siempre que no se equivoque de nuevo. Morena en Tlaxcala enfrenta una disyuntiva que ya no es de simpatías, sino de costos y legitimidad.
Cuando la discusión deja de ser quién gana y pasa a ser cómo se intenta imponer a alguien, el problema ya no es la candidatura, sino el proceso”.
Hasta aquí el análisis que me parece claro o usted qué opina.
Diferentes análisis de prospectiva con base en diferentes encuestas sobre preferencias de los aspirantes a la candidatura de Morena a la gubernatura de Tlaxcala arrojan lo siguiente.
Si no sucede algo extraño, la opción que no carga el desgaste del gobierno, o sea el proyecto de la senadora Rivera llegará arriba, alrededor de 40–45 por ciento.
El proyecto empujado desde el aparato lorenista difícilmente va a crecer más de lo que ya está. Su techo ya se alcanzó y éste rondará entre 18–25 por ciento.
El resto se va a dispersar entre indecisos y menciones marginales.
Se valen apuestas.
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