El Vocero fallido y cómo Antonio Martínez Velázquez hunde a Lorena Cuéllar en un remolino de ridículo y desprestigio.

Los habitantes de Tlaxcala, las redes sociales y la prensa libre ya lidian con el peso asfixiante de la opacidad gubernamental.
Ahora, el vocero de la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros, Antonio Martínez Velázquez, ha decidido elevar la farsa a nuevos niveles de lo absurdo.
No conforme con ser el principal artífice de la imagen desastrosa de su jefa –quien, según las encuestas de evaluación del último trimestre, ostenta el dudoso honor de ser calificada como la «peor gobernadora de Tlaxcala y de México»–, ahora pretende dictar lecciones de periodismo a los medios que le son afines al régimen por razones de lo que se podría llamar “extorsión a través de la publicidad oficial”.
Martínez parece más un censor disfrazado de profesor. Ha soltado la perla de ofrecer «cursos de actualización de periodismo» a la prensa local, al que ha denominado “Ética periodística y salud pública: Contar sin hacer daño”, a través del columnista Jacinto Rodríguez Munguía, especializado en temas de aparatos de inteligencia, espionaje y policía secreta en México.
Sí, ha leído bien: ahora convertirán a los periodistas de Tlaxcala en divulgadores de la “narrativa oficialista”, soplones y esquiroles de los medios.
El ChinoBot ha convertido la vocería en un circo de mentiras, atribuyendo la avalancha de críticas al gobierno de Lorena Cuéllar a imaginarios “bots” en las redes sociales, a periodistas ardidos y “seudocomunicadores” que odian a su jefa y la hacen quedar mal porque no coinciden con su discurso y su buen desempeño.
Pero eso de querer aleccionar ahora a periodistas con talleres que no son más que un burdo intento de domesticar a la manada, de adoctrinamiento y de alienación oficial, resulta ser uno de los mayores ridículos que se hayan visto en la historia de los medios de comunicación en Tlaxcala.
¿El objetivo? Evidentemente, forzar a los reporteros a «trabajar a su manera», es decir, a alinearse con la narrativa oficialista que maquilla los escándalos de la señora Cuéllar como si fueran logros administrativos. Porque, claro, en el mundo de Martínez, el periodismo serio es aquel que aplaude la opacidad presupuestal, ignora los nombramientos familiares en puestos clave y celebra las obras fantasmas que devoran recursos públicos sin dejar rastro.
Bajo la tutela y asesoría de Martínez, la gobernadora Cuéllar Cisneros ha sido arrastrada a una vorágine de críticas como nunca antes; bueno, ella se ha esforzado mucho para ello.
La prensa no oficialista la ha expuesto una y otra vez: desde la inseguridad, los contratos millonarios adjudicados a cuates sin licitación abierta hasta el nepotismo indignante que inunda secretarías con parientes y aliados políticos.
¿Y las «benditas redes sociales»? Ahí, un día sí y otro también, la destrozan sin piedad. Memes virales la caricaturizan como una reina de la ineficiencia; hilos interminables de comentarios desmenuzan sus contradicciones, cuestionando todo: corrupción, nepotismo, excesos, abusos y hasta la frivolidad de un gobierno de fiesta y “glamour”.
Las encuestas nacionales del último trimestre no mienten: con un rechazo que roza el 70 % en indicadores de transparencia y combate a la corrupción, Cuéllar no solo es la peor evaluada en Tlaxcala y la peor en desempeño de México, sino un lastre para el proyecto morenista que prometía cambio, no más de lo mismo envuelto en retórica populista.
Lo que Lorena Cuéllar está haciendo en su gobierno ya ha empezado a generar un muy peligroso ánimo de rechazo a su partido político en Tlaxcala. Lo podemos leer todos los días en los comentarios en las redes sociales: “fuera Morena”. No creemos que esto le guste ni a la presidenta Sheinbaum, ni a la cúpula partidista, ni mucho menos a los aspirantes de casa a la gubernatura de 2027.
Pero volvamos al meollo del asunto: este individuo, Martínez, ha convencido a su gobernadora de que en Tlaxcala existen dos bandos de periodistas: los que ejercen la práctica y ayudan a pontificar su imagen, llamados el «periodismo serio», y otro, una punta de resentidos sociales que desahogan sus frustraciones en contra del gobierno y de su titular, la mandataria estatal.
Está Martínez polarizando al gallinero al dividir a los periodistas en “buenos” y malos». Y su egocentrismo y neurosis desquiciante no le permiten ver que está llevando a terrenos muy complicados a Cuéllar Cisneros, que se estarán minando cada vez más a medida que se acerquen los tiempos de la sucesión.
El tal Marvel es un tipo cuya trayectoria en comunicación es solo dentro del oficialismo; no conoce las entrañas ni la historia del periodismo en Tlaxcala, ni lo importantes que han sido los medios desde que eran solo papel impreso hasta el despertar digital y lo que han influido o significado en las transiciones gubernamentales.
Para él, todos somos “tontos”; es el único poseedor de la verdad, iluminado “gurú”; lo sabe todo, es el hombre “dogma” del periodismo, un verdadero fanático y profeta. No sabe que está enfermo del síndrome de Hubris, ese que, cuando el poder nubla la mente, es capaz de despreciar a otros.
Ninguno de los anteriores voceros del gobierno de Tlaxcala había sido tan arrogante, tanto que ya les quiere dar lecciones de ética periodística a los reporteros, adoctrinarlos, meterlos en un símil del experimento del “ratón loco”; él les indicará el camino correcto y lo cambiará cuando así lo considere conveniente.
A esa manipulación es a la que quiere llevarlos. Me pregunto qué pensarán los dueños de los tradicionales periódicos de la entidad, que Martínez Velázquez ve a sus empleados como pendejos ignorantes que no saben nada de la prensa de “altura y seria”. Sería muy interesante saberlo.
Y eso que dice su curso de “contar sin hacer daño” es un insulto a la prensa no solo de Tlaxcala, sino de todo el país. Es tirar a la basura las grandes luchas periodísticas en México que han logrado desnudar al poder y desenmascarar corrupción, impunidad y abusos.
En los años noventa, Jesús Blancornelas (Zeta de Tijuana) expuso con la serie “El cartel” los nexos del PRI con el narcotráfico y el asesinato del cardenal Posadas, sobreviviendo a un atentado que dejó su rostro desfigurado. Carmen Aristegui destapó en 2014 la “Casa Blanca” de Enrique Peña Nieto y en 2021 el escándalo de las propiedades de José Ramón López Beltrán, lo que le costó su programa en MVS y luego en CNN.
Anabel Hernández ha documentado durante dos décadas los pactos entre presidentes y los cárteles, especialmente en “Los señores del narco”. El equipo de Proceso (con reporteros como Jorge Carrasco y Salvador Camarena) reveló en 2010 el montaje de la “guardería ABC” y los nexos de Genaro García Luna con el Cártel de Sinaloa, mientras que el semanario Ríodoce en Culiacán (fundado por Javier Valdez, asesinado en 2017) expuso el dominio del Chapo Guzmán cuando nadie más se atrevía.
Animal Político y Mexicanos Contra la Corrupción (con Daniel Lizárraga y los autores del reportaje “La Estafa Maestra”) demostraron en 2017 el desvío sistemático de miles de millones de pesos en el sexenio de Peña Nieto.
¿Conocerá Marvel la historia del periódico Excélsior, que bajo la dirección de Julio Scherer García, entre 1968 y 1976, convirtió a Excélsior en el periódico más crítico e independiente de América Latina, publicando reportajes que desnudaron la masacre de Tlatelolco (1968), la represión del Corpus Christi o “Halconazo” (1971) y la corrupción del gobierno de Luis Echeverría?
Como respuesta, en julio de 1976 el presidente Echeverría orquestó un golpe interno: financió una facción sindical corrupta dentro de la cooperativa de trabajadores, encabezada por Regino Díaz Redondo, que destituyó a Scherer y a más de 200 periodistas en lo que se conoció como “el excélsiorazo”. Scherer y los expulsados (entre ellos Manuel Becerra Acosta, Miguel Ángel Granados Chapa, Froylán López Narváez, Carlos Payán, Enrique Maza y Vicente Leñero) fundaron inmediatamente la revista Proceso (1976).
En fin, esta propuesta de «cursos» no es inocente; es un asalto frontal a la libertad de expresión. Seguramente enseñará cómo ignorar los informes que señalan irregularidades financieras en el sexenio; les dirá cómo reportar el nepotismo como «cohesión familiar” en el servicio público.
Es una burla descarada, un intento desesperado de Cuéllar por rescatar su imagen a través de un títere que, en vez de ayudar, la hunde más. Porque, al final, estos «cursos fake» solo confirman lo obvio: el gobierno de Tlaxcala prefiere adoctrinar a informar, censurar a dialogar.
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