Su sencilla irrupción como una modesta empresaria nada tenía que ver con el tremendo poder que adquirió palomeando empresas.

Ahora que, es historia en la Secoduvi el nombre de Teresita Salas Hernández, y dejó de representar un riesgo para la impoluta carrera del priísta Adalberto Campusano Rivera – en los ámbitos federal y estatal- no puede dejar de recordarse la ternura con la que irrumpió en el desempeño de esta, la secretaría por donde se da con intensidad la danza de los millones.

Dicen que lo que en realidad enojó a Adal fue lo acotado que lo tenían para incidir en la adjudicación de obras importantes; digamos que le dejaban la morralla y lo que el quería era contar ladrillos (de billetes). Pero, ya sabes, cuando hay modo, los políticos son capaces de cortar cabezas y luego, decir que se trataba de hacer un bien al Estado. Ajá.

Allá por el inicio de este democrático gobierno llegaba una tierna arquitecta ofreciendo juegos para baño, bellamente bordados por sus habilidosas y un poco huesudas manos.

Tanto fue el cántaro al agua que, al cabo de los meses ahí la tienes, como toda una directora de Adjudicaciones y Precios Unitarios, acudiendo a diario a recibir las bendiciones para tal o cual proyecto o informando sobre el avance de la colocación de alguna cenefa o, la sustitución del vidrio que se manchó de mosca, o sea, cosas importantes…

Mucho mucho, no era el caso que le hacían, pero la puntualidad y constancia hicieron patente su sueño americano, o mejor dicho su sueño tlaxcalteca con sentido humano.

Y quién lo diría. De los juegos para baño a sentarse sobre una banca a ver pasar el río.

El primero que pasó, con todo y su enorme parecido al super agente 86 fue el ingeniero Sergio González Hernández actual secretario de la Comisión de Seguridad de la LX y hombre muy cercano a César Nava.

Aunque lo de ingeniero es por la inercia de ostentar un cargo, porque no terminó la carrera, el hoy diputado federal, debió cambiar el uso de cucharas barrilito y flexómetros Truper, por la labor menos exacta de, encargarse de la política interior del estado.

Alguien tenía que llenar el hueco, uno como maniquí o, como muñeco de cera, bueno, se trataba de Wilfrido Domínguez, el tristemente célebre titular de Secoduvi que más tardó en el cargo y al que más regañaron porque nunca dio una. Si no hubiera sido por el respeto que despertaba su calidad de compadrito (un compadre así, buena gente, obediente, pero muy malito como funcionario público).

Ándale, Teresita ahí sentada viendo como pasaba el río (y desde luego, contando sus centavos) observó como el viejecito Wilfrido levantó el trasero para que le fuese estampado el zapatote del gobernador. Luego se puso a construir restaurantes en la Malinche, con la figura legal de director del Instituto de Vivienda… suertudo el añoso amigo (a quien sus más íntimos lo llaman el rey del viagra).

Lo que la muy hábil costurera-constructora no tomó en cuenta fue que, ser dueña de una consultora externa que supervisaba a las empresas colaboradoras del gobierno se fuese a complicar tanto, cuando creó –dicen- otra consultoría para supervisarse a sí misma… haz de cuenta como si metieras un taco árabe en una telera.

Hoy, sus amigos lamentan que haya sido separada de tan importante responsabilidad. Por ejemplo, Chucho Luévano, el constructor de puentes con el rumbo equivocado que, muy gustoso maneja alguno de sus Hummers.

Ni modo. El negocio cambió de manos.

Ojalá Campusano no sea nada más un fantoche que quería ser dueño de todo el pastel para hacer su año de Hidalgo.

Hace falta que ya se diga algo bueno de la Secoduvi.