Morena anuncia filtros más estrictos para candidatos: ¿se atreverá Sheinbaum a frenar a la gobernadora Cuéllar en Tlaxcala?

La líder nacional de Morena, Luisa María Alcalde Luján, ha prometido filtros más estrictos rumbo a 2027. Sí, la dirigencia nacional habla de revisión exhaustiva de antecedentes, verificación de sanciones, integridad y honestidad por encima de la popularidad y expulsión de perfiles “indeseables”. La frase es potente: “el más popular puede ser el más pillo”.
La declaración de Alcalde Luján es para cerrar la puerta a los excesos que han lastimado la imagen del partido tras escándalos recientes en otras entidades. Sin embargo, la integridad y la transparencia de algunos de los militantes del partido oficial no se miden en conferencias ni en comunicados; se prueban en el terreno. Y hoy ese terreno en Tlaxcala es sucio y asqueroso porque tiene nombres propios: Lorena Cuéllar y Alfonso Sánchez García.
Aquí se vive un escándalo de grandes proporciones que pondrá a prueba la congruencia de Morena. La gobernadora Cuéllar Cisneros impulsa abiertamente a su delfín, el alcalde capitalino Alfonso Sánchez, en una operación política que han bautizado como el Clan Cuéllar-Sánchez García.
Las acusaciones no son menores: campañas anticipadas, uso indebido de recursos públicos, acarreo en eventos masivos, bardas con propaganda personalizada, presiones a funcionarios y guerra sucia contra competidores internos, incluida la senadora Ana Lilia Rivera, quien encabeza las preferencias en encuestas reales.
Si los nuevos filtros de Morena prometen priorizar la integridad sobre la delincuencia electoral o de cualquier otro tipo, Tlaxcala es el laboratorio inevitable. Porque lo que se denuncia no es una simple disputa interna, sino la reproducción de prácticas que Morena juró desterrar: el dedazo, el feudo familiar, la utilización de la estructura gubernamental para imponer candidaturas.
La Cuarta Transformación no puede convertirse en coartada para reeditar los vicios del viejo régimen con nuevos colores.
Los hechos recientes agravan el cuadro. Desde la propia Casa de Gobierno de Tlaxcala se está operando la estrategia impositiva de campaña del delfín. No se trata solo de insinuaciones; han aparecido bardas en distintos municipios con propaganda personalizada, ya con el nombre del delfín; brigadas integradas por servidores públicos estatales y municipales recorren colonias; circulan impresos de promoción por millares como basura electoral; se difunden “encuestas” que, de manera fantasiosa, otorgan al alcalde una ventaja abrumadora y lo presentan como candidato inevitable.
La escena es conocida en la política mexicana: primero se construye la percepción de inevitabilidad; después se invoca la unidad; finalmente, se consuma la designación. La diferencia es que Morena prometió romper con esa lógica.
Prometió que el poder no se usaría para fabricar candidatos, que el gobierno no metería las manos en la vida interna del partido. Sin embargo, las denuncias en Tlaxcala dibujan lo contrario: un gabinete legal y ampliado volcado a operar ilegalmente una campaña adelantada; estructuras públicas convertidas en maquinaria electoral; recursos que deberían destinarse al pueblo; empleados amenazados para posicionar a un aspirante.
El contraste con la narrativa oficial es brutal. A través de su vocero, el gobierno de Lorena Cuéllar ha negado categóricamente que la administración estatal intervenga en la selección del candidato de Morena. La negación es tajante: el gobierno no mete las manos. Pero las bardas hablan, las brigadas caminan, los impresos circulan y las “encuestas fantasmas” aparecen con puntualidad quirúrgica. Cuando la evidencia visual y testimonial se multiplica, el desmentido suena más a trámite que a convicción.
El episodio más revelador —y quizá el más ridículo— es el de las bardas. Un día, el presidente municipal Alfonso Sánchez García declara que no sabe nada de las pintas que inundaron los municipios con una imagen que, sin nombrarlo, lo alude inequívocamente. Al día siguiente, las mismas bardas aparecen ya con su nombre explícito. La secuencia roza el absurdo y la falta de vergüenza.
Negar que sabe nada de las bardas, cuando las evidencias son contundentes y, 24 horas después, aparecen con su nombre y apellido es una muestra de cinismo político que ofende la inteligencia ciudadana. No se puede jugar a la ingenuidad cuando la propaganda se multiplica en cada esquina.
Morena enfrenta aquí una disyuntiva existencial. Si los nuevos filtros son reales, deberán aplicarse sin excepción. Y eso implica revisar no sólo antecedentes penales o sanciones administrativas, sino también conductas políticas: campañas anticipadas, uso de recursos públicos, presión a servidores para operar a favor de un aspirante. La integridad no es un concepto abstracto; se traduce en prácticas concretas. Si un aspirante se beneficia de la estructura gubernamental, la pregunta no es si es popular, sino si es ético.
Además, la situación adquiere un matiz más delicado cuando se observa la competencia interna. Si, como se afirma, hay perfiles que encabezan encuestas reales y aun así son objeto de guerra sucia, el problema no es solo de legalidad, sino de equidad. Morena ha defendido las encuestas como método principal para definir candidaturas. Pero incluso ese método pierde legitimidad cuando se contamina con propaganda oficialista, presión institucional y sondeos a modo.
Las “encuestas fantasmas” que otorgan ventajas desproporcionadas no informan: construyen narrativa.
La concentración de poder en Tlaxcala es un factor adicional. Morena gobierna con dominio absoluto en la entidad. Cuando no hay contrapesos reales, la tentación de confundir gobierno con partido crece. Y cuando partido y familia política se funden, el riesgo de feudo se vuelve tangible. El Clan Cuéllar-Sánchez García no es solo una etiqueta mediática; es la descripción de una dinámica en la que la sucesión parece más asunto doméstico que decisión colectiva.
Claudia Sheinbaum —como líder moral de Morena— tiene ante sí una prueba de fuego.
Aplicar los filtros en Tlaxcala implicaría confrontar a una gobernadora de su propio partido y enviar un mensaje inequívoco: nadie está por encima de las leyes ni de las reglas, ni siquiera quienes gobiernan estados estratégicos. No hacerlo, en cambio, consolidaría la percepción de que los filtros son retórica, útiles para discursos, pero no para decisiones incómodas.
La credibilidad se erosiona en silencio y se pierde de golpe. Morena llegó al poder con la bandera de la regeneración ética. Cada caso en el que se toleran prácticas cuestionables erosiona esa narrativa. En política, la coherencia no es un lujo; es capital. Si el partido permite que en Tlaxcala se imponga un delfín mediante la operación de estructuras públicas, ¿con qué autoridad moral exigirá legalidad a sus adversarios?
No se trata de prejuzgar culpabilidades, sino de exigir transparencia y cuentas claras. Si existen denuncias documentadas sobre bardas, brigadas, impresos y uso del gabinete para promover a un aspirante, la dirigencia nacional debe investigar. Son urgentes auditorías a la administración estatal, deslindes claros y sanciones a quien utilice recursos públicos con fines electorales. La transparencia no se proclama; se practica.
Lo que ocurra en Tlaxcala enviará un mensaje al resto del país. Si Morena corrige, investiga y garantiza un proceso limpio, fortalecerá su narrativa de transformación. Si mira hacia otro lado, validará la sospecha de que el cambio fue cosmético y que los viejos vicios del PRI solo cambiaron de siglas.
El episodio de las bardas que un día “no existen” y al siguiente se firman es más que una anécdota; es metáfora de una política que cree que la ciudadanía no observa. Pero observa. Y recuerda. La memoria pública es implacable con la incongruencia.
En 2027 no solo estará en juego la gubernatura, que Morena tiene en la bolsa porque arrasa en las preferencias; estará en juego la credibilidad de un proyecto que prometió hacer política de otra manera. Tlaxcala es hoy el espejo en el que Morena debe mirarse. Si la imagen que devuelve es la de un feudo de caciques priistas operando desde Casa de Gobierno, la transformación quedará reducida a eslogan. Si, por el contrario, se aplican los filtros con rigor y se frena cualquier intento de imposición, el partido enviará una señal clara de que aprendió de los escándalos y está dispuesto a corregir.
La decisión está en manos de la dirigencia nacional. La pregunta es simple y contundente: ¿habrá congruencia o habrá simulación? En Tlaxcala, la respuesta ya empezó a pintarse en las bardas.
*********************************************************
Post Views: 5.946