El Alzheimer del Poder: El Cinismo como Estrategia de Imposición.

 

 

En un Tlaxcala bizarro, pensemos en la siguiente conversación de Alfonso Sánchez García, ante las acusaciones con cientos de evidencias de que realiza con el patrocinio de la gobernadora Lorena Cuéllar, una campaña ilegal para imponerlo como candidato de Morena para el 2027:

 

— Señor Alfonso Sánchez García:

— ¿Sabe que hay bardas pintadas con su campaña a gobernador?

— No sé nada.

 

¿Sabe que se están repartiendo panfletos y calcomanías en toda la capital y en el resto de la entidad promocionando su imagen con fines electorales?

— No sé de qué me habla.

 

— ¿Sabe que hay brigadas de burócratas uniformados con chaleco y gorra de su campaña con su logotipo, recorriendo los municipios promocionando ilegalmente su imagen?

— De qué me habla, no tengo la menor idea.

 

— ¿Sabe que a los trabajadores de confianza los extorsionan y amenazan con despedirlos si no apoyan su candidatura de Morena?

— Usted vive en otro estado; aquí no pasa nada de eso, todos vivimos felices y seguros.

 

— ¿Sabe de dónde vienen los cientos de millones de pesos para su anticipada campaña electoral?

¿Millones? ¿Cuáles? ¿De parte de quién? Ya le dije que no sé nada, no he visto nada, tengo mucho trabajo y yo respeto la ley.

 

Es el arte del deslinde y la amnesia selectiva de un personaje político salido de la nada, con padre ex gobernador y madrina que ve en él su partida libre de cualquier persecución al final del sexenio.

 

Alfonso Sánchez García ha decidido estrenar un nuevo perfil de político: el de la «desmemoria conveniente». Tras sus declaraciones de la semana pasada donde niega actos anticipados de campaña y se deslinda de la profusa campaña por todo el estado con pinta de bardas, distribución de propaganda política, desvío de recursos públicos y extorsiones a servidores públicos para ayudarlo, queda claro que no estamos ante un político responsable, sino ante un personaje que ha perfeccionado el cinismo como método de supervivencia.

 

Sánchez García, el «delfín» ungido bajo la sombra protectora de la mitómana Lorena Cuéllar, parece padecer una laguna mental selectiva que le impide reconocer la maquinaria orquestada para imponerlo.

 

Es el síndrome del heredero mediocre: aquel que, hundido en las barbas de su padre y refugiado bajo las faldas de su madrina política y de su esposa, Marcela González Castillo, pretende que la ciudadanía sufra de la misma ceguera que él finge tener.

 

Su postura no es una enfermedad médica, es una metáfora del descaro. Hablar de que no sabe quién pintó las bardas ni la campaña emprendida para sus perversos fines electorales, es un insulto a la inteligencia del electorado.

 

Quizá Alfonso tampoco se acuerda que anda de “tamaliza en tamaliza” por todos los municipios, en franca promoción política, abandonando sus responsabilidades como alcalde.

 

Esto es la aplicación práctica de la amnesia selectiva: olvidar el origen del recurso y la logística de una campaña que se mueve con la precisión de un reloj oficialista.

 

Mientras el estado observa cómo se pretende manipular la voluntad popular, él opta por la «desmemoria colectiva», apostando a que el tiempo y el ruido mediático borren el rastro de su imposición.

 

A esta «amnesia selectiva» se suma un vacío financiero inexplicable en las arcas municipales y estatales: el individuo ignora, con una candidez que raya en lo patológico, la procedencia de los millones de pesos que aceitan su campaña ilegal. Para Sánchez García, los cientos de miles de impresos, uniformes, chalecos y la saturación de boletines idénticos en medios locales y nacionales parecen caer del cielo por obra del Espíritu Santo.

 

Bajo su lógica, la ciudadanía tlaxcalteca es tan «generosa» que le regala todo a raudales mientras él, sumido en su burbuja de privilegios, ni se entera de la factura ¿o sí?. Este «Alzheimer de la política» no es más que una negación de la realidad que busca ocultar el uso de recursos de dudosa procedencia o del erario público.

 

Su postura es un monumento al desprecio: pretende hacernos creer que su logotipo se reproduce por generación espontánea, tienen vida propia, salieron de la nada, cuando en realidad es el costo de una democracia secuestrada por el nepotismo y la opacidad financiera.

 

Tlaxcala presencia la construcción de un candidato de cristal, sostenido por una red de nepotismo y favores que hoy intentan normalizar. La ausencia de realidad de Sánchez García es, en realidad, un cálculo político frío. Se desvanece la ética cuando el objetivo es el poder por herencia, no por mérito.

 

Al final, el cinismo de negar lo evidente solo confirma su naturaleza: un personaje gris que, sin el andamiaje familiar y gubernamental, no sería más que un nombre olvidado en la historia de una política que ya no tolera más simulaciones. La pregunta no es si él recuerda quién pintó las bardas, sino si los ciudadanos olvidarán quién pretende burlarse de ellos.

 

La figura del alcalde de la capital, Alfonso Sánchez García, que ahora finge demencia y aislamiento de la realidad cotidiana, se ha colocado de manera artificial en el centro del escenario político estatal. No por resultados logros, no por una trayectoria sólida en el servicio público, ni por liderazgo reconocido, sino por una promoción anticipada tan evidente como ofensiva para la inteligencia ciudadana.

 

Nadie puede explicar, con seriedad, de dónde surge este súbito proyecto “estatal” si no es desde las entrañas mismas del poder. Surge de la corrupción de Lorena Cuéllar, su nepotismo y tráfico de influencias.

 

En Tlaxcala, nada ocurre por generación espontánea habrá que decirle al Delfín. La presencia masiva de propaganda, los recorridos sistemáticos por los 60 municipios y la difusión de materiales que exaltan una supuesta trayectoria política, contrastan con una realidad conocida: un perfil público construido más para el beneficio de las castas que se aferran al poder, que por los méritos que por supuesto no tiene.

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