“Si Tlaxcala permite que el Clan imponga a su sucesor con impunidad, entonces lo que vendrá no será continuidad: será condena. Y el estado seguirá siendo gobernado no por la voluntad del pueblo, sino por la terquedad de una élite que maneja el gobierno estatal como propiedad privada”.

No se puede tapar el sol con un dedo, menos con el dedo elector vil y perverso de la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros, quien ha convertido no solo las calles de la entidad en un gran basurero de propaganda en favor del alcalde de la capital para imponerlo como candidato de su partido a la sucesión de 2027, sino que también está arrastrando y traicionando los principios democráticos que llevaron a Morena al poder en México.
Por ello, resulta obligado preguntarse si permitirán la presidenta Claudia Sheinbaum y la dirigencia nacional de Morena que Lorena Cuéllar, Alfonso Sánchez García y, en los hechos, el viejo PRI sigan gobernando Tlaxcala en 2027.
Esa es la pregunta que comienza a instalarse con fuerza en el debate público tlaxcalteca. No es una provocación gratuita; es una inquietud fundada en la historia reciente del estado y en las señales políticas que hoy se envían rumbo a la sucesión.
Desde 1998, Tlaxcala presume haber vivido la “alternancia democrática”. En el papel, los colores cambiaron: PRD, PAN, PRI, hoy Morena. En los discursos, cada sexenio prometió una ruptura con el pasado. Pero en la práctica, la historia ha sido otra: el poder real ha girado, una y otra vez, en torno a los mismos apellidos, a las mismas élites, a los mismos operadores formados en el viejo PRI.
Las camisetas se mudaron; los vicios permanecieron.
Durante casi tres décadas, el poder en Tlaxcala ha sido administrado por cuadros provenientes de la misma escuela política, las mismas familias. Alternancia formal, continuidad estructural.
Esa continuidad no es ideológica, es caciquil. Es una visión política orientada al control cupular, al reparto de cuotas, al uso patrimonialista del gobierno. Es la imposición de las “castas divinas” que se heredan cargos, posiciones y privilegios. Es la cultura del compadrazgo, de la lealtad personal por encima de la rendición de cuentas.
Es la comprensión del erario público entendido como botín y no como herramienta de justicia social.
El resultado es una política del fracaso en lo más básico que debería atender: el bienestar de los tlaxcaltecas. Somos una entidad que sigue siendo grande en desigualdad, con rezagos históricos que no han sido desmontados a pesar del desfile de siglas partidistas.
Tlaxcala sigue enfrentando carencias estructurales en empleo formal, en infraestructura estratégica, en seguridad pública y en servicios de salud eficientes.
No es casualidad: cuando el poder se concentra en clanes y no en proyectos de transformación, la prioridad deja de ser el ciudadano y pasa a ser la supervivencia del grupo, la toma del poder abrupta “porque puedo y no importa lo que cueste”.
Hoy, rumbo a la sucesión de 2027, el escenario se vuelve especialmente delicado. Morena gobierna el estado y la Presidencia de la República. El discurso de la Cuarta Transformación prometió, precisamente, erradicar los vicios del antiguo régimen: el amiguismo, el nepotismo, la herencia política, el uso faccioso de las instituciones.
Si en Tlaxcala se permite que esas prácticas se reciclen bajo la bandera guinda, la traición no sería solo local: sería moral y nacional.
Más aún, la terquedad de Lorena Cuéllar por impulsar como sucesor a Alfonso Sánchez García amenaza con detonar una fractura profunda dentro del propio Morena. No se trata solo de nombres, sino de símbolos: imponer a un “hijo del sistema” sería el mensaje más claro de que nada ha cambiado.
Lorena parece no haber medido las consecuencias políticas y legales de forzar decisiones que la ley prohíbe. Pagará por ello.
La encuesta para definir la candidatura de Morena de 2027 será dentro de poco más de tres semanas y la exigencia de las bases fundadoras del partido es que no haya “mano negra” y que Lorena no siga ensuciando un proceso que debería ser ejemplar.
La pregunta es incómoda pero inevitable: ¿está Morena en Tlaxcala, controlada por el clan Cuéllar-Sánchez García, reproduciendo el modelo que juró combatir?
Hay señales preocupantes y muy alarmantes, porque lo que hasta ahora hemos visto es la intención de mantener el control del aparato gubernamental más allá del sexenio actual, de colocar piezas estratégicas en posiciones clave, de influir decisivamente en la definición de la candidatura de 2027.
La obsesión por prolongar el poder, directa o indirectamente, no es nueva en la política mexicana; lo nuevo e indignante sería que ocurra bajo el estandarte de la transformación.
Si la presidenta Claudia Sheinbaum y la dirigencia nacional de Morena miran hacia otro lado ante estas prácticas, el mensaje será devastador: que la 4T en los estados es negociable, que los principios pueden doblarse ante los acuerdos locales, que la pureza ideológica termina donde empiezan los intereses de grupo. Y eso no solo dañaría a Tlaxcala; erosionaría la credibilidad del movimiento en todo el país.
La 4T no puede convertirse en refugio de los viejos operadores del PRI que, tras cambiar de color, buscan mantener intactas sus redes de influencia. Morena no puede ser la nueva franquicia de los mismos de siempre.
Si el partido permite que el morenismo tlaxcalteca se contamine con prácticas de control familiar, de reparto de posiciones entre incondicionales y de blindaje político para garantizar impunidad, entonces habrá renunciado a su razón de ser.
El momento político actual exige definiciones claras. Morena en Tlaxcala debe decidir si será un instrumento de ruptura real con el pasado o la última mutación del priismo histórico.
Lorena y su Clan niegan toda la porquería que están haciendo para imponer al delfín, con una desfachatez y un dispendio millonario de dinero que no es de ellos, sino del pueblo; no es posible que no sea del conocimiento de la presidenta Sheinbaum.
Lorena contrató a un estratega político externo que le puso solo una condición para aceptar llevar a cabo todo lo que estamos viendo de su cochinero electoral para la imposición del candidato de las castas: arcas abiertas a discreción, sin límite, y hacer y decir lo que él indique. Es nuevamente un dedazo millonario disfrazado de democracia.
La ciudadanía tlaxcalteca no es ingenua. Ha visto desfilar gobernadores de distintos colores que prometen cambios estructurales y terminan atrapados —o cómodos— en las mismas inercias. El hartazgo no siempre se expresa en las urnas de inmediato, pero se acumula. Y cuando explota, lo hace con fuerza.
Morena aún está a tiempo de demostrar que en Tlaxcala sí puede haber una verdadera transformación. Pero eso implica cortar de raíz con la lógica del control transexenal, con la tentación de heredar el poder a incondicionales, con la reproducción de castas políticas que viven del presupuesto.
Implica entender que el poder no es patrimonio personal ni familiar, sino mandato temporal sujeto a evaluación ciudadana.
La sucesión de 2027 será una prueba de fuego. No solo para los aspirantes, sino para la coherencia del movimiento que hoy gobierna México. Tlaxcala puede convertirse en ejemplo de depuración y renovación, o en símbolo de cómo el priismo sobrevivió camuflado en la ola guinda.
Ese es el verdadero riesgo: la continuidad de la desgracia que el viejo régimen ha significado para Tlaxcala.
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