En Tlaxcala ocurrió lo que en otros estados todavía se niegan a admitir: no fue Morena quien se tragó al PRI, sino el PRI el que se apoderó de Morena, lo ocupó, lo colonizó y lo convirtió en un envase conveniente para seguir gobernando con las mismas redes, las mismas mañas, los mismos apellidos y la misma cultura política que por décadas hundió a la entidad en el patrimonialismo.

Siguen siendo los mapaches de siempre, lo peor del priismo, lo más decadente, sigue gobernando Tlaxcala.
Lo que hoy se vende como “Cuarta Transformación” en Tlaxcala, en la práctica luce más como una restauración priista con logotipo nuevo. Morena no derrotó al viejo régimen: lo absorbió sin filtro. Y el viejo régimen, astuto y hambriento, no se resistió: se metió por la puerta grande.
La evidencia no está en rumores, sino en el reparto del poder, en los perfiles de quienes mandan y en la biografía política de quien encabeza el gobierno estatal: Lorena Cuéllar Cisneros, la gobernadora que hoy gobierna bajo Morena, pero cuya historia, estructura y ADN político provienen del priismo más tradicional y rancio.
Una gobernadora de formación priista… y carrera priista
En Tlaxcala no se puede entender el presente sin mirar el pasado. Y el pasado de Lorena Cuéllar es claro: fue hecha políticamente por el PRI, se formó en sus métodos, creció en su lógica y ascendió dentro de su maquinaria.
Antes de convertirse en figura nacional por su cercanía con Morena, Cuéllar tuvo una trayectoria larga dentro del tricolor. Desde los años noventa se movía como parte de las redes priistas locales, y su historia incluye un episodio clave que revela la profundidad de su arraigo: fue coordinadora de campaña de su tío, el beodo Joaquín Cisneros Fernández cuando buscó ser gobernador en 1998.
Ese dato no es menor. Porque no se trata de una militante ocasional o de una simpatizante pasajera: se trata de alguien que operaba campañas y se movía dentro de los acuerdos familiares y de grupo que históricamente han dominado Tlaxcala. El priismo tlaxcalteca no ha sido un partido: ha sido un sistema de control, un club de intereses, un mecanismo de herencias y pactos. Y Cuéllar, desde temprano, estuvo ahí.
Después vinieron los cargos institucionales, entre otros, que consolidaron su carrera en el PRI: síndico del Ayuntamiento de Tlaxcala, y luego presidenta municipal también bajo las siglas priistas. Posteriormente, diputada local en el Congreso de Tlaxcala, nuevamente como priista.
Lorena Cuéllar no llegó a la política por Morena, ni por la “izquierda”, ni por una ruptura ideológica con el viejo régimen. Llegó por el PRI, creció con el PRI, se profesionalizó en el PRI y se volvió competitiva gracias a los recursos y estructuras del PRI.
Por eso, cuando hoy se presenta como figura de un movimiento “nuevo”, lo que vemos no es una transformación genuina: es una mutación estratégica. A Lorena no la “purificó” Morena.
Cuando el PRI literalmente le cerró las puertas… y ella decidió vengarse
El punto de quiebre no fue ideológico, fue personal y de ambición. Según la propia narrativa política local, Lorena Cuéllar fue literalmente marginada y corrida del PRI de Tlaxcala cuando buscó competir por la gubernatura y la cúpula priista decidió cerrarle el paso.
Y aquí aparece una ironía brutal: quienes hoy orbitan su proyecto, quienes ahora le aplauden, son parte del mismo universo político que antes la frenó.
Porque la versión extendida —y ampliamente repetida en la memoria política tlaxcalteca— es que Beatriz Paredes y Mariano González fueron factores centrales en esa decisión: no quisieron apoyarla para que fuera gobernadora, le cerraron la puerta y la dejaron fuera del reparto. El hijo de Mariano es ahora un “prominente” miembro de Morena.
Ahí nació la ruptura. Pero no fue una ruptura ética ni una rebelión contra la corrupción. Fue la ruptura clásica del priismo: cuando no te dan candidatura, te cambias de camiseta.
Y entonces vino el peregrinaje partidista que hoy se intenta maquillar como “evolución política”, pero que en realidad parece un manual de supervivencia electoral: Cuéllar se fue al PRD, luego al PT y finalmente a Morena, donde encontró el vehículo perfecto: un partido joven, expansivo, con marca popular y con la enorme ventaja de que podía ser tomado por asalto desde dentro.
Ese es el origen del problema: Tlaxcala no tiene un gobierno de Morena con cuadros nuevos; tiene un gobierno donde el PRI se reacomodó dentro de Morena.
El PRI devoró a Morena en Tlaxcala: la colonización está presente en sus colaboradores. Priistas conversos a Morena, corruptos y abusivos la gran mayoría de ellos.
Lo más grave no es que una persona cambie de partido. Eso pasa en todas las democracias. Lo escandaloso es cuando un gobierno entero se convierte en un refugio de reciclaje, una agencia de colocación para lo peor del viejo régimen.
En Tlaxcala, Morena no solo abrió la puerta: entregó las llaves al PRI. El sobrino de Beatriz Paredes es el líder estatal, es un personaje siniestro que trabajó con Lorena en su gobierno, ahora encajado en el priismo. Pobre de Anabell Ávalos, la volverán a traicionar y sigue creyendo en su partido.
Hoy, una parte significativa del gobierno estatal está integrada por priistas conversos, funcionarios que antes defendían al tricolor y que ahora juran lealtad a Morena como si hubieran descubierto la justicia social de la noche a la mañana. No es conversión: es conveniencia.
Y cuando un gabinete se llena de cuadros reciclados, el resultado es inevitable: Morena deja de ser un movimiento con promesa de cambio y se vuelve una plataforma para administrar el poder, con las mismas mañas y los mismos vicios que decía combatir.
Esto no es un accidente, así lo planeó Lorena. Es un diseño. Porque el priismo tlaxcalteca, al perder fuerza electoral, no desapareció: se infiltró. Se reagrupó. Se camufló. Y encontró en el gobierno de Lorena Cuéllar el espacio ideal para seguir operando.
El poder en Tlaxcala es un asunto familiar y de grupos de la dinastía política tlaxcalteca: el viejo régimen con nombres y apellidos, siguen controlando la entidad, saqueándola, desde el morenismo.
Tlaxcala enfrenta, entonces, un problema de reciclaje partidista, algo que es todavía más delicado: la normalización del poder como herencia familiar, como si el estado fuera un patrimonio privado.
En el círculo cercano del gobierno aparecen nombres que refuerzan esa percepción: las hijas de la gobernadora, Mariana y Fernanda Espinosa de los Monteros, y el propio entorno familiar ampliado, incluido su tío Joaquín Cisneros Fernández, figura que no es ajena al juego político.
Cuando el gobierno se organiza alrededor de la familia, se pierde el principio básico de cualquier administración pública moderna: que el poder no es propiedad, sino encargo. Que el estado no se reparte como un botín. Que los cargos no son premios de sangre.
Y sin embargo, Tlaxcala parece regresar a lo de siempre: el poder concentrado en un grupo, defendido por un aparato y protegido por un discurso que pretende ocultar lo evidente.
Beatriz Paredes: la priista eterna que hoy promueve el proyecto, acompaña a su pupila Lorena ya con toda desfachatez, es su pupila, le ha transmitido toda la podredumbre del priismo.
Por ello la figura de Beatriz Paredes resulta especialmente simbólica. Durante décadas fue una de las caras más visibles del priismo nacional, y en Tlaxcala representa una era de control político duro, de disciplina partidista y de acuerdos cupulares. “Mucha política y poca administración”, decía a sus colaboradores. “Compañeros, el poder nos corrompe”, gritaba a los cuatro vientos en ferias y fiestas del estado.
Todo esto, describe la crisis moral de la política tlaxcalteca: ya no hay fronteras entre partidos, ya no hay convicciones, ya no hay oposición real. Solo hay administración del poder, con los mismos personajes rotando en diferentes siglas.
El mensaje es brutal: el PRI no perdió, sólo cambió de vehículo, se subió a unas camionetas blindadas para proteger su origen.
Y los Mena: el priismo que no se fue, solo se acomodó. Otro componente que alimenta esta lectura es el papel del cuñado incómodo de la gobernadora Fabricio Mena y su hermano Marco Antonio Mena, ex gobernador priista.
En Tlaxcala, la presencia de ese grupo no es anecdótica: es un recordatorio de que el priismo no fue desplazado por Morena, sino reubicado. Y cuando un ex gobernador priista y su entorno terminan alineados —directa o indirectamente— con el nuevo gobierno, el mensaje es claro: hay pactos, hay acuerdos, hay continuidad. Hay pago de facturas políticas.
Y esa continuidad tiene consecuencias: reduce el pluralismo, mata la competencia democrática y crea una sola maquinaria con distintas máscaras.
El peor caso es el “delfín” 2027 y el regreso de la dinastía de lo peor del priismo que ha gobernado Tlaxcala. El presente es muy preocupante, pero el futuro se ve aún más oscuro.
El “delfín” de la gobernadora para 2027: Alfonso Sánchez García, a quien se busca imponer como candidato de Morena. Él representa exactamente lo que Morena prometió destruir: la continuidad dinástica.
Porque su apellido no es neutro. Su historia política no nace en Morena. Su origen está ligado al priismo: su padre, Alfonso Sánchez Anaya, forma parte de esa tradición política que conecta con la dinastía de Emilio Sánchez Piedras, uno de los nombres más emblemáticos del priismo tlaxcalteca.
La intención de imponerlo no es un simple cálculo electoral: es un mensaje de control total. Es decirle a Tlaxcala que el futuro ya está decidido, que la candidatura no será de la militancia, ni del debate, ni de la ciudadanía, sino del dedazo modernizado.
Y si Morena permite eso, entonces Morena no es Morena: es el PRI con piel prestada.
La tragedia: Morena se volvió el nuevo PRI… pero peor. El problema no es que existan priistas dentro de Morena. El problema es que, en Tlaxcala, Morena parece gobernado por el PRI, con sus operadores, sus pactos, sus clanes y su lógica de control.
Lo que se vive en Tlaxcala no es alternancia, es captura del poder. No es transición democrática, es reciclaje de élites. No es transformación, es también ahora rumbo al 2027, la continuidad del PRI.
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