El «Delfín» y la sombra de la impunidad con el uso de recursos públicos para inclinar la balanza es una realidad.

Lorena Cuéllar ha iniciado la guerra política de manera virulenta, en un escenario abrumador de dispendio de recursos públicos que poco tiene que ver con la democracia y sí mucho con la supervivencia patrimonial de un grupo en el poder.
A dos años de la sucesión gubernamental de 2027, el tablero está definido, pero no por la pluralidad partidista. Los estudios demoscópicos son contundentes: la oposición en la entidad es un espectro sin fuerza; el PRI, el PAN ni ningún otro partido tiene oportunidad. Están eclipsados por Morena y moralmente derrotados. Son una entelequia que, incluso en una improbable coalición, carece de los números para enfrentar la maquinaria oficialista.
Por lo tanto, la verdadera elección —la única que cuenta— se librará en las entrañas de Morena en febrero próximo, en la encuesta para elegir a la o el candidato que contenderá por la gubernatura en 2027.
Sin embargo, lo que debería ser un ejercicio de profundización democrática se ha transformado en una encarnizada batalla interna donde el presupuesto público es la principal munición y la impunidad, el objetivo último.
La desigual competencia en Tlaxcala se da entre la verdadera ideología junto con los principios de la 4T y la familia facciosa que gobierna hoy en día.
Hay una paradoja en la historia del heredero designado por Cuéllar como su «Delfín». En la política tlaxcalteca, el nombre de Alfonso Sánchez García ha pasado de ser una mención técnica a convertirse en el eje de una obsesión sucesoria. El actual alcalde capitalino representa una figura cuya trayectoria política no se explica por el mérito propio o la lucha social, sino por la gestión y tráfico de influencias.
Su paso por la política es gris, siempre al amparo de su padre. No es fundador de Morena, aunque así pretenda venderse. Su trayectoria en la administración federal fue breve y marcada por la sombra de su progenitor, Sánchez Anaya.
Su gestión en la Secretaría de Infraestructura estatal no fue más que una pasantía de obediencia, donde las decisiones sobre la obra pública y el presupuesto se tomaban en los despachos del Palacio de Gobierno y en una alcoba de la Casa de Gobierno, y no bajo criterios técnicos ni respondiendo a las necesidades de los olvidados tlaxcaltecas.
La narrativa oficial busca vender a Sánchez García como un cuadro de renovación; no lo es. La realidad lo sitúa como el “títere” de Lorena Cuéllar. La analogía histórica con la aristocracia francesa es inevitable, aunque con una precisión necesaria: fue bajo el reinado de Luis XVI cuando el absolutismo y el aislamiento de la corte frente al sufrimiento del pueblo llevaron a la aristocracia y la monarquía a la guillotina. Aquí en Tlaxcala pasará lo mismo.
En Tlaxcala, el «Delfín» no busca gobernar para transformar, sino para garantizar que la estructura de privilegios construida en este sexenio no sea tocada.
Construyen con paso acelerado, al interior del grupo faccioso de Cuéllar, el blindaje al clan familiar y a los amigos que se han sumado desde el interior y el exterior del estado a su mafia. Un clan de corrupción en Tlaxcala, basado en el nepotismo y la desviación de recursos del presupuesto.
La obstinación de la gobernadora Cuéllar por imponer a Sánchez García no responde a una continuidad ideológica, sino a un cálculo de protección personal. El gobierno actual ha erigido un monumento al nepotismo, donde la familia se ha enquistado en la administración y usa como patrimonio propio el presupuesto estatal.
No es un secreto a voces —y está documentado por el flujo de recursos— que la Secretaría del Bienestar y el Sistema Estatal DIF se han convertido en la «caja chica» (que de chica tiene poco) para financiar la operación política.
Bajo el mando de las hijas de la mandataria, María Fernanda y Mariana Espinosa de los Monteros, estas instituciones manejan presupuestos que superan los mil 200 millones de pesos anuales, más los más de 400 millones de pesos de la Secretaría de Impulso Agropecuario, son más de 1 600 millones que están utilizando para su estrategia electoral anticipada. Este dinero, que debería mitigar la pobreza de los tlaxcaltecas, está siendo desviado para aceitar la maquinaria de guerra sucesoria.
La estrategia es tan burda como descarada. Han capturado a Morena en Tlaxcala: colocar a la esposa del alcalde Sánchez García al frente de la dirigencia estatal de Morena es un acto de desfachatez que supera los peores vicios del viejo régimen. Es el control absoluto de la estructura, la compra de voluntades y el cohecho para asegurar que la encuesta interna de selección del candidato sea un trámite a modo, con respuestas manipuladas a favor de Alfonso.
Evidencias en poder de este medio revelan la operación: obligan a los trabajadores del estado y de los municipios a pintar las bardas de sus casas, a distribuir pasquines repletos de mentiras sobre la trayectoria de Ponchito, pegando calcomanías en vehículos particulares que pronto veremos inundando las calles, brigadas con espectaculares fotografías del rostro del “elegido” tocando casa por casa, ofreciendo apoyos a cambio de la respuesta que quiere Lorena den en la encuesta de Morena.
El apoyo desmedido y descarado de Lorena a su «Delfín» es la peor de las prácticas políticas, que muchos pensamos se habían terminado con la llegada de la 4T al gobierno estatal.
La extorsión municipal es otra perversa operación con los alcaldes de Morena y de otros partidos, a través de la Secretaría de Gobierno (SEGOB), para presionarlos con una táctica de manual de la política. Los presidentes están amenazados: si no apoyan el proyecto, su futuro son las auditorías a sus gestiones y, en su caso, la cárcel.
Actores políticos de dentro y fuera del gobierno estatal coinciden en que Lorena está desesperada; las encuestas no le favorecen a su ahijado, por lo que tuvo que poner en marcha una operación fraudulenta electoral al interior de Morena.
Ha desviado decenas de millones de pesos para el rescate de la administración fallida de Ponchito y aparentar algo que no es: un servidor público eficiente y transformador. Es un hombre débil, escondido en las faldas de su mujer.
Ante el evidente fracaso de Alfonso Sánchez en la percepción ciudadana de la capital, donde las encuestas lo reprueban mes con mes, la gobernadora ha decidido intervenir con el erario. En los últimos meses hemos sido testigos de un fenómeno singular: el gobierno estatal ejecuta obra pública en el municipio de Tlaxcala para apuntalar la figura del alcalde.
El personaje que le han asignado en esta parodia a Sánchez García, es el de aparecer en redes sociales disfrazado de trabajador de la construcción, en una campaña de comunicación social financiada con recursos públicos desde la oficina de comunicación social del gobierno de Lorena, que busca fabricar una capacidad de gestión inexistente. Debe ser muy triste el papel que le hacen interpretar a Alfonso.
Mientras tanto, las decisiones reales sobre empresas constructoras y presupuestos se siguen tomando verticalmente y bajo la discrecionalidad de Lorena, dejando al alcalde como un mediocre actor de reparto en su propia administración.
En nuestro espacio de mañana les compartiremos “pelos y señales” de cómo, además, han emprendido “la guerra sucia” en contra de su principal opositora, Ana Lilia Rivera, alterando declaraciones, sacándolas de contexto, manipulando videos, pagando notas informativas, columnistas desvergonzados y pagando millones de pesos a empresas especializadas en la operación de bots en redes sociales.
El miedo de Lorena a la rendición de cuentas al término de su gobierno la tiene francamente enloquecida; no le importa ser una delincuente electoral, violar todas las disposiciones legales destinando dinero público en propaganda, guerras sucias y en actos anticipados de campaña de Alfonso.
Al fin y al cabo, Lorena maneja el presupuesto estatal como si fueran sus cuentas bancarias personales.
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