En los primeros días de 2026, la escritora Sabina Berman desató una polémica al emplear el gentilicio «tlaxcalteca» como un insulto despectivo en la red social X, al calificar a la senadora Lilly Téllez como la «María Corina Machado tlaxcalteca».

Este comentario no solo revive un estigma histórico profundamente arraigado, que asocia a los tlaxcaltecas con la traición por su alianza estratégica con los españoles durante la Conquista, ignorando deliberadamente el contexto de un pueblo indígena autónomo que resistió al dominio mexica, sino que perpetúa una burla nacionalista, clasista y reduccionista que minimiza a todo un estado y a su pueblo a un estereotipo peyorativo.
El exabrupto de Berman es, sin duda, ignorante y lamentable, proveniente de una figura pública que debería ser más responsable con sus palabras.
Pero lo que eleva esta afrenta a un nivel de indignación mayor es la respuesta del gobierno estatal de Tlaxcala: un silencio absoluto e indiferente por parte de la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros. Ni una declaración, ni un comunicado oficial, ni el más mínimo gesto de repudio.
Una pasividad que Maduro de Venezuela no recibió de ella. Según los medios nacionales, Lorena firmó un desplegado (como lo ha hecho otras veces para otros temas) junto con todos los mandatarios morenistas, en contra de la intervención militar de EUA en aquel país. Estoy seguro de que no supo ni lo que firmó y mucho menos si intervino en su redacción.
El silencio de Cuéllar en temas delicados y complejos es un patrón recurrente que expone una preocupante desconexión no solo con la dignidad histórica y la identidad del estado que juró representar, sino con la transparencia y rendición de cuentas.
No es la primera ocasión en que Cuéllar elige el mutismo ante menosprecios directos a Tlaxcala. Basta recordar aquel episodio en una cena privada, cuando un empresario le comentó al actual director del Sistema Colectivo Metro que «era mejor ser su director que gobernador de Tlaxcala«. La mandataria permaneció muda, sin defender ni su investidura ni el honor del estado. Ese mismo silencio cómplice se repite hoy, ante un insulto que resuena en todo el país y que hiere sensibilidades profundas de los tlaxcaltecas.
Tristemente, ningún integrante de su gabinete ha levantado la voz en defensa de Tlaxcala.
La secretaria de Cultura, Karen Villeda, torpe, de perfil opaco y mediocre, parece más concentrada en sus intereses personales, en manejar los recursos públicos en no sabemos qué y en mantener intimidados a sus colaboradores que la siguen como «borregos» porque, si no, los corre, que en proteger la identidad cultural ante agresiones externas como esta.
El vocero gubernamental y ex secretario de Cultura, Antonio Martínez Velázquez, ese autodenominado «intelectual» (aunque degradado por su propia soberbia), tampoco ha emitido opinión. Este personaje, que mira por encima del hombro a quienes lo rodean, considerándolos «tontos» ante su presunta erudición superior, no juzga que Tlaxcala merezca un defensor de su talla. Un estado con tan profunda herencia no debería soportar un portavoz que se siente superior a sus compatriotas. Es un prepotente de la Zona VIP.
Menos aún se puede esperar del secretario de Educación, don Homero Meneses, aparentemente ajeno a lo que sucede en su entorno inmediato. Su doctorado parece útil solo para desestimar y menospreciar a los maestros tlaxcaltecas, mientras distrae a la juventud con «becotas» que no cultivan el sentido cívico ni la capacidad de indignarse ante vejaciones a su tierra. ¿Para qué interrumpir la apatía si los jóvenes no protestan ni se enteran?
Y del secretario de Turismo, Fabricio Mena, cuñado de la gobernadora, ni hablar en cuestiones de historia tlaxcalteca o mexicana. El escándalo de lonas patrias diseñadas y generadas con inteligencia artificial, que costaron cientos de miles de pesos y exhibieron héroes independentistas con “seis dedos”, un águila calva gringa en vez del emblema nacional y escudos deformados, bastó para exponer al estado al ridículo nacional, con justificaciones tan pueriles como culpar a la «IA» y a la empresa favorita de los “moches” en espectáculos públicos y privados. ¿Cómo esperar de él una defensa erudita y apasionada de Tlaxcala?
En marcado contraste con esta inacción oficial, varias mujeres tlaxcaltecas, de diversas filiaciones políticas, han salido con valentía y determinación a defender el nombre y la historia de su tierra.
La senadora Ana Lilia Rivera Rivera (Morena), con un mensaje respetuoso pero firme dirigido directamente a Berman, expresó: «Siempre he respetado tu trayectoria y tu voz crítica. Por eso me sorprende y preocupa que utilices ‘tlaxcalteca’ como descalificación». Rivera recordó el trabajo que ha realizado desde el Senado para erradicar ese estigma histórico, enfatizando que Tlaxcala fue un pueblo autónomo que defendió su supervivencia en 1519, que su «diáspora» fue clave en el poblamiento del norte del país, y que normalizar el gentilicio como insulto daña la imagen de un estado soberano. Con tono conciliador, la invitó a la reflexión.
Por su parte, la senadora Anabell Ávalos Zempoalteca (PRI) tildó las palabras de Berman de «despectivas e inaceptables», declarando rotundamente: «Tlaxcala no es un insulto: es raíz, es identidad y es una de las aportaciones más relevantes en la construcción de México». Exigió respeto y una disculpa pública.
La ex legisladora Adriana Dávila Fernández (PAN), aclarando que Téllez no es tlaxcalteca, denunció los prejuicios e ignorancia subyacentes, afirmando: «Tlaxcala no es insulto ni muletilla retórica». Demandó respeto a esta entidad fundacional de la nación y una disculpa pública a Berman.
Estas tres mujeres tlaxcaltecas, con posturas claras, documentadas y orgullosas, demuestran que defender Tlaxcala no depende de un cargo ejecutivo, sino de convicción, conocimiento histórico y amor por la patria chica. Sus intervenciones trascienden colores partidistas y resaltan el contraste abismal con la pasividad de la gobernadora y su equipo.
Ah, también el alcalde Alfonso Sánchez García salió a responder, muy tibio pero lo hizo; sin embargo, solo le alcanzaron para tres líneas sus ideas y para repetir “sin Tlaxcala no hay México”.
Pero, sí, el comentario irresponsable de Sabina Berman merece condena generalizada por su ignorancia y ligereza; más insultante, más doloroso y más revelador es el silencio cómplice e indiferente de Lorena Cuéllar Cisneros y sus «compinches». Un mutismo que traiciona la historia rebelde, autónoma y contributiva de Tlaxcala a la formación de México.
El silencio de esta administración perpetúa la idea de un gobierno ausente, incapaz y desinteresado en la dignidad de su pueblo. Tlaxcala, cuna de alianzas que forjaron la nación, con un legado indígena, colonial y evangelizador invaluable, no merece servidores públicos que se escondan ante los denuestos.
El silencio oficial hiere más que cualquier tuit imprudente y agresivo, porque proviene de quienes tienen el deber de protegernos.
Vergüenza debería darle a la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros por esta callada y por su indiferencia. Aunque sea, es un respetuoso consejo: podría instruir a su vocero o a la secretaria de Cultura que le preparen un mensajito «sencillito», breve y directo, que ella pueda leer o publicar sin dificultades, repudiando el comentario y defendiendo el orgullo tlaxcalteca.
Y, para mayor rigor, que se los revise el delegado del INAH en Tlaxcala, José Vicente de la Rosa Herrera, para que al menos sirva para algo, más allá de seguir avalando al gobierno atropellos a nuestro patrimonio cultural e histórico del estado.
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