En la política tlaxcalteca, el nombre de Alfonso Abraham Sánchez Anaya evoca el clásico oportunismo priista reconvertido en «izquierda». Este exgobernador (1999-2005), veterinario de Apizaco y con décadas en el PRI antes de saltar al PRD para romper la hegemonía tricolor, siendo el primero en ganar por un partido diferente al hasta entonces único, hoy encarna el nepotismo que tanto criticaba en otros.

 

 

Su sexenio estuvo plagado de controversias y contrastes: quizá uno de los mejores gobernantes que ha tenido Tlaxcala, pero, los secuestros, asesinatos de personajes importantes hasta ahora no aclarados (como el de la madre de la gobernadora, Margarita Cisneros) y los miembros de su gabinete ligados a la delincuencia organizada, empañaron su sexenio.

 

Hoy, un hombre cansado, viejo, es más recordado por su legado más tóxico, el de 2004, cuando intentó «heredar» la gubernatura a su esposa, María del Carmen Ramírez García, apodada «la Hillary de Tlaxcala”, a quien hoy por cierto se le recuerda por su “cercana” amistad con Emilio Zebadúa, sí, ese personaje involucrado en “La estafa maestra” en tiempos de Rosario Robles y Peña Nieto.

 

Maricarmen, impuesta por su esposo Sánchez Anaya con un inexplicable empecinamiento, obtuvo la candidatura por la alianza PRD-Convergencia a la gubernatura del Estado, pese al rechazo nacional, fue tema en todas las columnas de opinión de la prensa escrita, en los noticieros de la radio y televisión. El PRD, que fustigaba las ambiciones de Martha Sahagún con Vicente Fox, avaló este acto monárquico.

 

El fiasco fue total: Ramírez quedó tercera, con victoria panista de Héctor Ortiz. Sánchez Anaya admitió recientemente (2025) que fue «un error», justificándolo con un patético «lo hice por amor», ¿en serio?

 

Este episodio no solo hundió a la esposa de ASA, también su imagen personal y lo peor de todo, también acabó con el PRD de Tlaxcala. Sánchez Anaya ya lo había logrado, echar al PRI de la entidad, pero lo echó todo a perder con su terquedad desmedida.

 

Cierto es, que ASA sentó un mal ejemplo que, con el paso de los años, se ha convertido en una pretenciosa práctica funesta e inadmisible: el nepotismo disfrazado de sucesión familiar, que en Morena hoy en día, por lo menos en el discurso, no pasará más.

 

Aunque en 2004 no existía la actual «Ley Esposa», término, por cierto, bastante peyorativo acuñado este 2025 para reformas que obligan candidaturas exclusivas femeninas en gubernaturas, criticadas por encubrir nepotismo (como en San Luis Potosí con Ruth González o Nuevo León con Mariana Rodríguez)—, el intento de Sánchez Anaya fue un precursor claro: Heredar poder a cónyuges o hijos es antidemocrático, perpetúa clanes y erosiona la confianza ciudadana.

 

Dos décadas después, Sánchez Anaya desde el ostracismo y las enfermedades cardiacas, repite la jugada con su hijo, Alfonso Sánchez García, alcalde capitalino que según Consulta Mitofsky es uno de los peores evaluados del país en 2025.

 

La encuesta publicada ayer por la mencionada empresa del Ranking de Alcaldes de diciembre de 2025, es tan reveladora como indignante para los tlaxcaltecas. Alfonso Sánchez García es el lugar 138 de los 150 más importantes alcaldes de México, casi 7 de cada 10 habitantes de la capital lo reprueban.

 

Sin embargo, aquí entra el pacto opaco con la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros (Morena). No es un secreto a voces que gritan que Sánchez Anaya «cobra facturas» por su apoyo histórico, él la impulsó en sus inicios hacia la izquierda, a cambio, posiciona al «junior» como aspirante para 2027, como el “delfín” de la mandataria.

 

Cuéllar lo trae hasta en las enaguas por todo el Estado, eventos conjuntos, operación territorial, pasarelas políticas, tuvo el descaro de poner a la esposa Marcela González en la dirigencia estatal de Morena, en fin, lo lleva hasta donde ni al caso viene la presencia del alcalde de Tlaxcala de Xicohténcatl.

 

¿Por qué? Cuéllar ve en él un sucesor «controlable«, que garantizaría impunidad ante las múltiples irregularidades en su sexenio.

 

Este nuevo dinástico anticipa otro fracaso estrepitoso, pues al parecer el partido no lo va a permitir. El hijo arrastra una gestión municipal de la que poco se puede presumir y el rechazo al nepotismo evidente. Morena lidera las encuestas estatales rumbo al 2027, sin duda, no por los méritos de Lorena Cuéllar, que es también una de las peores gobernadoras del país, sino por las políticas sociales impulsadas desde Palacio Nacional desde AMLO.

 

Para Cuéllar, apostar por Ponchito es para no arriesgar su “legado”, ni los millones que ella, su familia y amigos se llevan; pero no ha medido que impulsar a un aspirante a candidato tan impopular y gris como servidor público, es estar jugando a la ruleta rusa.

 

El gran temor de Lorena Cuéllar es que de no ser el candidato a la próxima gubernatura uno de los suyos, se abrirían las puertas, no a una victoria de la oposición, sino a investigaciones post-sexenio en donde todo lo oscuro de su voraz administración será aclarado y evidenciado.

 

Seguramente Tlaxcala ya no quiere apellidos reciclados y pactos oscuros. La obsesión de Sánchez Anaya, como la de Lorena, por perpetuarse en el poder y el dinero —del PRI al PRD, al “obradorismo”— confirma: algunos camaleones priorizan familia sobre pueblo.

 

El intento de Sánchez Anaya con la esposa en 2004 no solo falló, sino que legó un mal ejemplo que hoy contamina la política nacional. Querer imponer al hijo es igual de inadmisible: el nepotismo no es solo antidemocrático, sino suicida electoralmente.

 

En 2027, los tlaxcaltecas podrán enterrar esta dinastía fallida de una vez.

 

¡FELIZ NAVIDAD 2025!

Nos volveremos a encontrar el próximo lunes 29 de diciembre.

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