Cuando la Gobernadora de Tlaxcala Ignora la Voz del Pueblo

Parece que la realidad supera la ficción en la que vive nuestra Gobernadora. En un gesto que revela más sobre la desconexión de la élite política que sobre la realidad cotidiana de los tlaxcaltecas, la mandataria Lorena Cuéllar Cisneros ha optado por desestimar con desdén las encuestas que la ubican entre las peores mandatarias del país.
«No les doy importancia, soy la mejor gobernadora que ha tenido Tlaxcala«, habría declarado con esa frialdad que caracteriza a quienes prefieren el eco de sus propios logros autoproclamados al clamor de una ciudadanía hastiada.
Y, para rematar, descalifica específicamente las mediciones de Arias Consultores de septiembre y octubre de 2025 por supuestamente carecer, según ella, de «rigor metodológico». En un estado donde la inseguridad, la corrupción y la impunidad se enquistan como una herida crónica, y donde las ocurrencias y los moches devoran los recursos públicos, esta minimización no es solo un error político; es un síntoma profundo de un liderazgo que ha priorizado la imagen sobre la acción, el autoengaño sobre la rendición de cuentas.
Analicemos, con la seriedad que merece esta crisis de credibilidad, el trasfondo de tales declaraciones. Las encuestas en cuestión –aunque el Palacio de Gobierno prefiera tratarlas como humo disipable– no son meras especulaciones periodísticas ni conjuras opositoras. Proceden de firmas independientes, como las recurrentes mediciones que en meses recientes han colocado a Cuéllar en los últimos peldaños de aprobación entre las 32 entidades federativas.
En septiembre de 2025, por ejemplo, un sondeo nacional la situaba en el puesto 29, con apenas un 28% de opiniones favorables, superada solo por gobernadores en estados azotados por violencia extrema o escándalos mayúsculos.
Pero vayamos al meollo de su descalificación: las dos últimas de Arias Consultores, que ella tilda de poco rigurosas. En septiembre, esta casa encuestadora registró una aprobación desastrosa del 5.5% para Cuéllar, con un 94.5% de los tlaxcaltecas considerando que miente en sus declaraciones –el peor registro nacional en credibilidad–. Y en octubre, aunque hubo un marginal repunte al 8.0% –un «avance» de apenas 2.5 puntos que no disimula el colapso–, Tlaxcala se mantiene en el ignominioso top 5 de los peores gobiernos, con más del 90% de la población percibiendo la inseguridad como una amenaza abrumadora y la corrupción como el principal lastre estatal.
¿Y qué dice esto de Tlaxcala? No que sea un infierno comparado con otros, sino que, en un territorio menor a la gran mayoría de las otras entidades y tan manejable como este –con menos de 1.5 millones de habitantes y un PIB per cápita que languidece por debajo de la media nacional–, la ineficacia de su administración es aún más inexcusable.
Aquí no hay excusa de «herencia recibida» ni de «fuerzas mayores que la obstaculicen«; hay, simplemente, una gestión que ha fallado en lo básico: garantizar seguridad para cada familia, mejorar la salud pública y erradicar la opacidad en el gasto.
Reflexionemos sobre el patrón que subyace a esta respuesta: la negación. Cuéllar Cisneros, quien asumió el cargo en 2021 bajo la bandera de la Cuarta Transformación –esa promesa de honestidad y cercanía con el pueblo–, ha convertido el minimizar en un mantra. ¿Cuestiona el «rigor metodológico» de Arias Consultores porque sus muestras de 17 mil encuestas en Facebook o llamadas telefónicas a números fijos y móviles –con un margen de error mínimo– no cuadran con su narrativa?.
Es revelador: en septiembre, solo el 5.5% de los encuestados cree en su veracidad, un dato que no se inventa, sino que se extrae de un marco muestral amplio y representativo de usuarios mayores de 18 años en la entidad.
En octubre, el modesto salto al 8% no altera el panorama: la encuesta, levantada en la segunda quincena del mes con un enfoque cuantitativo transversal descriptivo, confirma que el desencanto predomina, con la mitad de los tlaxcaltecas manifestando insatisfacción por vivir en su propio estado.
Recordemos las denuncias permanentes por presunto nepotismo en su gabinete, donde familiares y allegados ocupan puestos clave, como el caso de sus hijas ejerciendo entre ambas cerca de mil millones de pesos del presupuesto estatal.
Y entonces, las encuestas que no paga la Coordinación de Comunicación Social del gobierno, las que no le endulzan el oído a la mandataria, se convierten en el chivo expiatorio perfecto para evadir el espejo. En lugar de interrogarse, autoanalizarse, hacer un ejercicio de autocrítica para saber en qué ha fallado como gobernadora, opta por una retórica que suena a consuelo de perdedor:
«Mi enfoque está en los resultados tangibles». ¿Cuáles resultados, señora gobernadora? ¿Los que se miden en fotos de inauguraciones o en los boletines oficiales que celebran «avances» en pavimentación, mientras calles y carreteras colapsan con las primeras lluvias?.
Recuerdo cómo Mariano González en una reunión privada antes de ser gobernador dijo: “yo no vengo a gobernar, vengo a hacer negocios”. Ese es el reflejo de una «cultura política» mexicana de origen priista que se ha enraizado en Tlaxcala, un estado que, paradójicamente, se enorgullece de su pasado glorioso de resistencia, pero que hoy tolera liderazgos que resisten solo al cambio.
Cuéllar, con su trayectoria en el PRI y su salto al PRD y luego al morenismo, encarna esa mutabilidad oportunista que tanto daño ha hecho. Las encuestas de Arias Consultores no mienten; son el termómetro de una sociedad que, en Tlaxcala, aún sueña con un gobierno que escuche en vez de predicar. Al minimizarlas –y descalificar su metodología sin aportar pruebas–, Cuéllar no solo se aísla de la crítica constructiva; se condena a la irrelevancia, perpetuando un ciclo donde el poder se mide en encuestas ignoradas y no en la voz de los olvidados.
Es hora de que la gobernadora abandone el pedestal de la indiferencia y enfrente la verdad incómoda, por dura que parezca: su legado no se construye desechando datos, sino respondiendo a ellos con reformas reales, transparencia inquebrantable y una humildad que le ha faltado desde el día uno. La soberbia y la ambición no son buenas, mi Gobernadora; todo se sabrá: cada peso desviado, cada propiedad comprada, cada cuenta bancaria.
Repito, pero ya no tiene tiempo, se ha pervertido tanto su administración, han sido tantos los excesos, que por eso su desesperación por heredar el poder a alguien a modo, a quien no la cuestione, no le revise bajo las faldas lo que se lleva.
La siguiente medición, la de noviembre, será peor para ella, no será solo un ranking vergonzoso: será el epitafio de un sexenio perdido.
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