En el cementerio anticipado de la política tlaxcalteca, a propósito del tradicional “Día de Muertos”, pareciera que hay una enterradora que se ha preocupado todos los días por llevar al patíbulo a un grupo de aspirantes a la gubernatura en 2027, contaminados sin remedio por lo que se ha venido convirtiendo en una administración ineficiencia donde persiste el nepotismo y la corrupción. Y al partido Morena lo asfixia, como si el objetivo final fuera darle una puñalada por la espalda.

 

 

Mientras, el estado se hunde en la ingobernabilidad, inseguridad, salud deficiente, educación a la que le saltan todos los días problemas en las escuelas, con el uso indiscriminado del presupuesto —que no es menor—, con asignaciones de cientos de millones de pesos a familiares colocados(as) en dependencias estratégicas y amigos funcionarios foráneos que parece no paran de cobrar las facturas políticas de la campaña a gobernador de 2021.

 

Y un dato escalofriante, que pone los pelos de punta hasta a la misma muerte y enciende las alarmas de la fiscalización local y federal, es el que está relacionado con la obra pública y las adquisiciones del gobierno del estado. Tan sólo en 2025, se sabe que del 100 por ciento del presupuesto para estos rubros, el 80 por ciento es por asignación directa, sí, como lo escucha: a quien la jefa quiera y decida darle los contratos. Mi sugerencia respetuosa es “poner las barbas a remojar”.

 

Sí, la responsable de este desorden y principal manipuladora del proceso de la o el aspirante que impulsará para sucederla en Morena es la actual jefa política del estado. Inició hace meses al orquestar una estrategia muy suya para controlar la sucesión gubernamental de 2027. Su plan principal: inundar con precandidatos a modo la encuesta interna de su partido a principios del próximo año, con una horda de aspirantes leales, los llamados “taparroscas”, para fragmentar el voto y bloquear a cualquier voz disidente, especialmente a su archienemiga política dentro del partido, la senadora Ana Lilia Rivera Rivera.

 

Pero esta maniobra no es solo un acto de ambición desmedida o equivocado; es un escudo desesperado para protegerse de sus hechos que la persiguen o la perseguirán, asegurando que su sucesor sea un títere que tape las fechorías, errores o inconsistencias. En un partido que se jacta de la “4T” y sus principios de no robar, no mentir y no traicionar, la jefa quizás ya representa todo lo contrario, es decir, un cáncer que amenaza con devorar a Morena desde adentro y que la ha colocado en el último lugar en el ranking de desempeño de los gobernadores del país.

 

La estrategia de la mandataria tlaxcalteca es tan calculada como desesperada. Según análisis internos y declaraciones públicas, la gobernadora impulsa a una “caballada” de candidatos alineados para diluir las preferencias en la encuesta que definirá al abanderado en 2026. Entre ellos destaca su ahijado político, Alfonso Sánchez García, actual alcalde de la capital, quien parecía ser el favorito indiscutible, pero él mismo y los ciudadanos le han puesto la soga al cuello con sus lamentables cifras de aprobación ciudadana.

 

Pero no está solo: figuran Homero Meneses Hernández (secretario de Educación), Josefina Rodríguez Zamora (secretaria de Turismo federal), Carlos Augusto Pérez Hernández (titular de FOMTLAX), Carlos Luna Vázquez (delegado federal de Programas para el Bienestar), Rafael de la Peña (secretario de Desarrollo Agropecuario) y los que se acumulen esta semana de muertos.

 

Estos “taparroscas”, un término que evoca las “corcholatas” de López Obrador, pero al estilo tlaxcalteca, tienen un tufo a manipulación: no buscan ganar por mérito, sino fragmentar el voto de la encuesta interna y dirigirla a quien la gobernadora le haya extendido el dedo elector. Esta táctica, confirmada en encuestas y análisis políticos recientes, revela una mandataria estatal obsesionada con el control, dispuesta a sabotear la democracia interna de Morena para perpetuar su influencia.

 

Pero la jefa ha decidido cambiar las señales, así como los managers en la Serie Mundial de Béisbol, y ahora apunta a Josefina Rodríguez para la grande en Tlaxcala, pero la “maestra de la negación” está solita exhibiendo que no sabe hacer política y todo lo que hace para posicionarse le sale mal, y el apoyo de sus padrinos políticos impresentables no le será suficiente para llegar. “Entre pasquines te veas”, como el del Día de Muertos, que parece un fallecimiento político anunciado.

 

Lo más cuestionado es el nepotismo descarado que impregna esta trama. La líder política del estado colocó a la esposa de Sánchez García, Marcela González Castillo —hijo y nuera del ex gobernador Alfonso Sánchez Anaya, respectivamente—, como dirigente estatal de Morena en Tlaxcala desde noviembre de 2024 en un descarado y evidente conflicto de intereses.

 

Esta movida permite que González controle el aparato partidista, desde la afiliación y ser en su momento la organizadora de las encuestas de selección, allanando el camino para su esposo mientras margina a competidores. Ahora sabemos que ha fracasado estrepitosamente y que ya recibe ayuda de la madrina. Todo esto es un insulto a los principios de Morena, un partido que supuestamente combate el nepotismo, pero que bajo la administración actual se ha convertido en un feudo familiar. Sin duda, esto erosiona la credibilidad del partido, y con razón: manejan a Morena Tlaxcala como si fuera un negocio privado.

 

Tampoco se puede ocultar el sol con un dedo: detrás de esta jugada maestra se esconde el verdadero motivo: la autoprotección. La mandataria tlaxcalteca sabe que su administración está plagada de escándalos, un día sí y otro también, que podrían estallarle en la cara una vez que deje el cargo.

 

Ejemplos hay muchos, que hacen caer en desgracia el tan sonado discurso oficial de que somos el estado más seguro de México. En 2025, la entidad fue exhibida a nivel nacional por corrupción en el sistema penitenciario, donde internos denunciaron amenazas de muerte y extorsiones organizadas desde dentro, con comandantes y directivos implicados en delitos que azotan a los tlaxcaltecas. Y el responsable, como ya sucedió en otros casos de funcionarios de este gobierno perseguidos por la justicia federal, se dio a la fuga impunemente.

 

Aparecieron narcolaboratorios en el norte y sur de la entidad; se denunció desde el Departamento de Estado de los EUA la presencia de organizaciones criminales como el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y “La Barredora”, ya operando impunemente en Tlaxcala y dejando cuerpos desmembrados y cabezas humanas en el campo. Mientras tanto, el gobierno estatal derrochaba 56.2 millones de pesos en camionetas blindadas para su uso personal y familiar, reservando la información que debería ser pública hasta el 2030.

 

Habitantes de todos los municipios, furiosos por la inseguridad, recurren a los linchamientos, denuncian caminos destruidos, hospitales sin medicamentos y sueldos miserables, mientras la jefa posa para fotos en eventos conmemorativos vacíos y populacheros, hace fiestas privadas y protege a funcionarios de primer nivel que son “cachados” in fraganti corrompiéndose, violentando mujeres y haciendo desfiguros públicos.

 

La líder del estado ha tocado fondo: Según varios estudios de opinión, es la peor de los gobernadores en aprobación ciudadana; el 92 por ciento de los encuestados por Arias Consultores en el pasado mes de septiembre pide su revocación de mandato. En el quinto año de su gobierno ha consolidado un legado de naufragio absoluto, marcado por un desempeño muy cuestionado con apenas un 5.5 por ciento de respaldo ciudadano.

 

Pero el objetivo de la “pulverización de preferencias” en la ya muy próxima encuesta interna buscaría neutralizar, le decíamos, específicamente a Ana Lilia Rivera, la senadora morenista que ha criticado abiertamente a la actual mandataria y se alía con algunos personajes políticos tlaxcaltecas que tampoco coinciden con la mandataria, ni con su administración ni con su forma de hacer política.

 

Rivera lidera la mayoría de las encuestas rumbo a la gubernatura y representa a un grupo de la izquierda tradicional en la entidad que podría auditar y exponer las ineficiencias de la administración; será ese es el verdadero miedo de la ejecutiva estatal.

 

La dirigente nacional de Morena, Luisa María Alcalde Lujan, ha prometido que las encuestas serán transparentes y reflejarán la voluntad popular. Pero al parecer en Tlaxcala se piensa otra cosa: manipular las piezas desde las sombras para inclinar la sucesión.

 

Déjeme ser una “ave de mal agüero”, pero todo lo que suene o parezca que es apoyado por la gobernadora para sucederla, con el desgaste y desprestigio del cual solo ella es responsable, será rechazado por los ciudadanos. Demos tiempo al tiempo.

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