En el panorama mediático mexicano, la frase «relación tóxica» entre gobiernos y prensa resuena con una familiaridad amarga, incluso triste, sobre todo en estados como Tlaxcala. La reciente declaración del vocero oficial del gobierno local, Antonio Martínez Velázquez, sobre esta supuesta toxicidad y la necesidad de «regular y transparentar» los convenios de publicidad oficial, enciende las alertas: existe un intento de trastocar la libertad de expresión y el derecho a la información de las personas.

 

 

 

La pretendida claridad en la relación gobierno-medios de comunicación tiene, en realidad, el tufo a estrategia de control.

 

Le tengo algunas preguntas que hacer al Señor Vocero: ¿De verdad el gobierno de Tlaxcala está dispuesto a levantar el velo? ¿Informará con detalle cuánto paga oficialmente y «en lo oscuro» a los principales impresos, a sus directores de manera directa, y a los supuestos «seudo editorialistas» que operan como porristas a sueldo? ¿Revelará el costo de la creación de los ya evidentes medios de comunicación apócrifos y cuentas oficialistas que pululan en las redes sociales para manipular la opinión? ¿O pretende tener la potestad del manejo de bots para aplaudir a su Jefa?

 

La historia, amable lector, nos enseña que el llamado a la transparencia, proveniente de quien detenta el poder, a menudo es sólo el preámbulo para un intento de renegociación del silencio. Embute, moche, chayote, untada, cañonazo, alfadía, mordida, pululan en la mente del titular de la comunicación oficial.

 

La reflexión se extiende al ámbito federal y a los gobiernos estatales del partido en el poder. La proliferación de conferencias cotidianas o semanales, presentadas como ejercicios de rendición de cuentas, son, en esencia, un esfuerzo persistente por controlar la narrativa, bajo el lema de que «se hable solo de lo que nosotros queremos”, que, en el caso de Tlaxcala, es que “todos coincidan en que vivimos en el paraíso terrenal”.

 

Lo único que sí son estas prácticas de comunicación oficial son burdas trincheras de prensa desde donde la autoridad busca imponer su versión de los hechos, intentando desplazar la realidad que, para la mayoría de los ciudadanos, está saturada de inseguridad, violencia, corrupción, tráfico de influencias e impunidad.

 

Cuando el vocero tlaxcalteca habla de una relación tóxica, quizá se refiera a que su dinero, más bien el dinero público, no ha comprado el silencio absoluto. La toxicidad, para el poder, es que, a pesar de los convenios millonarios, algunos medios (solo algunos, cabe reconocer) aún se atreven a informar sobre la realidad que la administración estatal preferiría mantener oculta. Y cuando no pueden ocultar la realidad de las corruptelas y la opacidad en la que se desempeñan, entonces reservan legalmente la información por lustros por razones de “seguridad estatal”.

 

Los llamados «Diálogos Circulares» en Tlaxcala no son sino otra táctica en este juego de dominación informativa. La verdadera toxicidad en esta ecuación no reside en la prensa que, a veces a pesar de la chequera oficial, intenta cumplir su rol; la verdadera toxicidad radica en el intento sistemático del gobierno de que el pueblo solo tenga acceso a su visión informativa, limitando el conocimiento de lo que realmente sucede en el estado. Es la negación de la realidad.

 

La declaración oficial, al evocar la «toxicidad», nos transporta a los tiempos oscuros del siglo pasado, a esa triste frase de su recordado prócer priista: «No te pago para que me pegues». Es la admisión tácita de que el pago de publicidad oficial ha sido y sigue siendo, un mecanismo de control editorial.

 

Por otro lado, pero con los mismos fines, si la pretensión del gobierno de Tlaxcala, con esta retórica barata de la «toxicidad» y las supuestas «granjas de bots», es imponer una censura oficial o desviar la atención de los problemas reales de la entidad, como la inseguridad insultante, entre otras desgracias muchas más, solo queda una respuesta: que se preparen para la frustración. La prensa crítica, por mínima que sea, se cansará de pagar el precio, no el gobierno de intentar imponerla. Y a medida que el periodo del gobierno estatal se extinga sin remedio, la suciedad brotará y la crítica será implacable.

 

Porque el verdadero riesgo para la gobernabilidad no son las voces críticas ni las cuentas anónimas en redes; es la opacidad del gasto público, el intento grosero de manipulación narrativa y la desconexión con la realidad de los ciudadanos.

 

Mientras el vocero y su equipo sigan sentados haciéndose «chaquetas mentales» sobre bots y toxicidad, el pueblo de Tlaxcala seguirá demandando lo que es realmente importante: un gobierno transparente, que rinda cuentas y que resuelva los problemas, en lugar de intentar controlar lo que de ellos se dice. El único antídoto contra la toxicidad es la verdad, no la censura.

 

Las cartas de la gobernadora para su sucesión

 

Varias lecturas dejaron los muy atrasados festejos de los cuatro años de la llegada al poder de Morena y Lorena Cuéllar Cisneros al gobierno de Tlaxcala.

 

La primera es que los lorenistas están cansados, desanimados y hartos. Tuvieron serios problemas para llenar la plaza de toros de Apizaco y juntar más de 7 mil personas, mismas que en su gran mayoría eran empleados de las dependencias estatales a quienes se les pasó lista de asistencia y fueron obligados a asistir al evento.

 

Quizá por esa razón las porras eran forzadas, los aplausos era mecánicos y la hueva visible entre los acarreados. Ya no se vio la entrega ni el arropamiento que se visualizó en otras celebraciones.

 

La segunda es que en la sucesión la mandataria Lorena Cuéllar sólo tiene tres prospectos que, sin mencionarlos durante su mensaje, si los describió. Al destacar los festejos de los 500 años de la fundación de la Ciudad de Tlaxcala se refirió a su único delfín que no es otro más que el alcalde capitalino Alfonso Sánchez García.

 

Más adelante cuando habló del humanismo mexicano y que según ella ha contribuido a alcanzar los logros que hoy presume la Cuarta Transformación se dirigió al iluso e idealista Homero Meneses Hernández, quien sigue pensando que los ricos y la casta divina de Tlaxcala le pasarán el poder a un “hijo de pueblo”.

 

Luego, describió los aciertos de la actual secretaria de Turismo federal, Josefina Rodríguez Zamora, al recordar que nuestra entidad sí existe y que hoy es un referente nacional. “A pesar de que somos el estado más pequeño del país, Tlaxcala ha demostrado que la grandeza no se mide en territorio ni en presupuesto, sino en dignidad y amor a su gente”.

 

No hubo más menciones ni alusiones. Los ilusos dirán que son tres las cartas de la mandataria Cuéllar, los malpensados asegurarán que son dos y los malosos concluirán que sólo es una y que siempre ha sido el as que nunca ha ocultado la gobernadora.

 

Usted saque sus conclusiones.

 

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