La conmemoración de los 500 años de la fundación de la Ciudad de Tlaxcala, que debería haber sido un hito histórico para exaltar el orgullo tlaxcalteca por la unión de dos culturas, por ser cuna de la nación y de la evangelización del Nuevo Mundo, se convirtió en un rotundo fracaso.

 

 

Fue un circo populachero orquestado por burócratas incompetentes que priorizaron los «moches» y los negocios personales sobre un legado perdurable.

 

A días de los supuestos «festejos», nadie recuerda nada porque no quedó huella alguna, ni una obra que enaltezca a esta generación o resalte la importancia crucial de Tlaxcala en la historia de México y el continente americano. Pareciera que la opacidad del gobierno estatal sepultó una oportunidad irrepetible, gracias a la corrupción y la miopía de las autoridades.

 

El desastre organizativo revela una absoluta falta de visión. Desde el inicio, los eventos públicos, realizados del 3 al 15 de octubre de 2025, afectaron gravemente la vida cotidiana de los habitantes de la ciudad. Generaron un caos vial infernal, con calles en mal estado, falta de estacionamientos y una inexistente gestión de residuos que dejó la ciudad convertida en un basurero.

 

Además, las plantas recién colocadas en la Plaza de la Constitución, destinadas a «embellecer» el espacio, fueron destruidas por cientos de asistentes en conciertos mal organizados.

 

La ineptitud de los responsables impidió planear algo grandioso e inolvidable. Ni siquiera consideraron —o no les importó— el riesgo inminente al que expusieron la declaratoria de Patrimonio Mundial de la UNESCO del ex convento de San Francisco en el Centro Histórico. La mayoría de los ciudadanos coincide: “Estos festejos pusieron en jaque a la ciudad y a nuestra historia; se burlaron de todos”.

 

Los organizadores optaron por ocurrencias superficiales, ignorando la grandeza de Tlaxcala. Esto no es solo falta de visión; es un sabotaje deliberado a la memoria e identidad de un pueblo.

 

Las inconformidades no se hicieron esperar. Los habitantes de la capital tlaxcalteca se sintieron ignorados, no los tres o cuatro notables, artistas e intelectuales cómplices del desastre, sino los ciudadanos comunes, aquellos que viven sus calles y avenidas a diario. Nadie les preguntó su opinión, qué proponían para la conmemoración o qué podían aportar. No hubo participación comunitaria alguna.

 

El Gobierno del Estado redujo la gran historia de Tlaxcala a trivialidades de «pan y circo», ignorando los hechos que han trascendido generaciones y que nos definen como pueblo. Se mofaron de los tlaxcaltecas, tratándolos como simples «acarreados» sin iniciativa ni capacidad de exigir. La gobernadora Lorena Cuéllar propuso una «reconciliación histórica» que sus acciones contradijeron, mostrando un profundo desprecio por el pasado y el pueblo.

 

El interés nacional e internacional estuvo ausente, como si Tlaxcala no mereciera más que cargar con las culpas de la “leyenda negra”. El Gobierno de la República envió a una secretaria de Turismo con aspiraciones políticas, envuelta días después en un escándalo por mentir sobre su formación académica. Llegaron misiones de países centroamericanos con vínculos históricos a la cultura tlaxcalteca, pero solo vinieron a pasear, comer y beber, sin aportar nada significativo.

 

Se “reconoció” a 500 mujeres de la ciudad, pero muchas fueron omitidas, otras rechazaron participar en la farsa, y las premiadas recibieron diplomas con faltas de ortografía y medallas de plástico, un acto de descaro y desprecio.

 

Las culturas de España y Filipinas, naciones ligadas históricamente por la evangelización y la alianza tlaxcalteca, no fueron siquiera consideradas, lo que representa un insulto a ellas y a nuestra herencia compartida. La herencia franciscana de 500 años fue completamente ignorada.

 

Este espectáculo de baja categoría fue un show local para inflar egos y bolsillos. Los principales responsables tienen nombre y apellido que usted amable lector conoce.

 

El Congreso local debería proponer inscribir su nombre en letras negras para que nunca olvidemos que así no se gobierna Tlaxcala.

 

Otros responsables incluyen a Alfonso Sánchez García, el alcalde que optó por no proteger el Centro Histórico y cuya falta de capacidad fue evidente; Karen Villeda, secretaria de Cultura, limitada y obediente, que permitió daños y exclusiones, su mente diversa está en otro lado; Fabricio Mena Rodríguez, secretario de Turismo, principal operador de los negocios de los festejos, incapaz de atraer atención internacional; José Vicente de la Rosa, delegado del INAH, cómplice y exhibicionista que falló en salvaguardar el patrimonio cultural; Antonio Martínez Velázquez, vocero de la gobernadora, cuya intervención empeoró el desastre, los medios en las redes sociales, hicieron pedazos la fiesta, ahora busca justificar eso con la acusación de que se trata de bots.

 

Y Beatriz Paredes, Doña Bety la ex gobernadora, quien usó su participación solo para salvaguardar sus intereses políticos, sin aportar nada sustancial. Ha llegado la hora de jubilarse.

 

Nadie sabe cuánto costó este capricho de la gobernadora, de dónde salió el presupuesto o qué empresas se beneficiaron.

 

Probablemente nunca lo sabremos, pues la información podría reservarse por 5 años o mejor por 50. Hubieran echado el balance económico a su Cápsula del Tiempo.

 

A los habitantes de Tlaxcala nos robaron la oportunidad de celebrar nuestro orgullo histórico, reemplazandolo con eventos populacheros destinados al olvido.

 

Los responsables deberían responder por los daños al patrimonio y por su negligencia. Tlaxcala sigue siendo la piedra angular de la cultura mexicana, y no serán frases como “Sin Tlaxcala no hay México” las que oculten su incompetencia. Lo que hicieron es indignante e imperdonable.

 

Es indignante, imperdonable lo que hicieron.

 

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