Se empieza a aclarar la sucesión del 2027 de Tlaxcala.

Este fin de semana, durante el Congreso Nacional de Morena celebrado en la Ciudad de México, el partido marcó un punto de inflexión de cara al trascendental proceso electoral del próximo año.
La nueva dirigente nacional del partido, Ariadna Montiel Reyes, fue clara y contundente al asumir el liderazgo: la Cuarta Transformación no tolerará la corrupción ni las prácticas deshonestas. En su discurso, advirtió que aquellos que aspiren a las candidaturas para coordinadores estatales y, posteriormente, a los cargos de elección popular, deberán contar con una trayectoria impecable y una solvencia moral incuestionable. En sus palabras, “en Morena, los corruptos no tienen cabida”.
Este llamado no es un mero discurso retórico de cambio de dirigencia; es una advertencia institucional que resuena profundamente en las entidades federativas. En estos espacios, los vicios del pasado, el derroche de recursos, el clientelismo y el amiguismo intentan disfrazarse de continuidad.
En el estado de Tlaxcala, este pronunciamiento golpea el tablero político de manera directa, desnudando las profundas contradicciones entre el discurso oficial y la realidad de algunos perfiles que buscan la gubernatura.
Cuando el partido en el poder hace un llamado a mantener la autoridad moral y política para conservar la legitimidad que el pueblo le otorgó, el escrutinio público debe volverse implacable. La sociedad exige congruencia, eso no debe ser negociable. En este escenario, al analizar el abanico de aspirantes locales, es imposible no notar el abismo que separa a las opciones reales de la transformación frente a aquellas que representan los peores vicios de la política que Morena juró extinguir.
Son varios los nombres que se mencionan, se han sumado otros, algunos ya desertaron, pero lo que no queda duda son los que sí van a pelear la candidatura: dos. Un delfín de la gobernadora, con todo el aparato gubernamental estatal y de municipios obligados a operar a su favor, y una mujer que ha trabajado desde abajo en la izquierda para buscarla.
La congruencia de Ana Lilia Rivera: arraigo y resultados.
Al evaluar el historial de los aspirantes en Tlaxcala, surge una figura que destaca por encarnar los principios fundacionales del movimiento: Ana Lilia Rivera. A diferencia de otros actores que han visto en el partido un vehículo de conveniencia para perpetuar sus intereses, Rivera cuenta con una trayectoria limpia, transparente y verificable. La guerra sucia no le ha hecho mella. Su perfil como fundadora y activista de la izquierda mexicana no es un accesorio discursivo, sino la columna vertebral de una carrera dedicada a la causa social. AMLO y la propia presidenta Sheinbaum lo saben.
Como legisladora, ha demostrado un prestigio sólido, caracterizado por el trabajo serio con iniciativas y respaldando las que el movimiento está impulsando. Aunado a ello, mantiene un vínculo inquebrantable con la gente de las comunidades más alejadas y desprotegidas de la entidad.
Su labor como promotora del campo en Tlaxcala refleja una vocación social real y un entendimiento profundo de las necesidades agrarias del estado. Para Rivera, el servicio público no es una plataforma de enriquecimiento o vanidad, sino una herramienta de transformación. Su historia de congruencia se alinea milimétricamente con el parámetro que la nueva dirigencia nacional ha fijado: trayectorias limpias y sin manchas de corrupción.
No se puede evitar el contraste con el otro aspirante, Alfonso Sánchez García.
El escenario cambia drásticamente cuando la lupa ciudadana se dirige al principal puntero en las preferencias oficiales: Alfonso Sánchez García, ampliamente señalado como el “delfín” de la actual gobernadora. La gestión de Sánchez García al frente de la Secretaría de Infraestructura del Estado dejó mucho que desear.
Su paso por esta dependencia estuvo marcado por señalamientos de ineficiencia, opacidad, “moches” ordenados desde el Palacio de Gobierno (él mismo lo confesó siendo secretario) y falta de resultados tangibles, lo que explica por qué su labor fue severamente cuestionada.
A estas sombras en su desempeño se suman proyectos marcados por la incompetencia y la opacidad. Destaca el malogrado e inútil proyecto conocido como “Parque Hídrico La Ribereña” o parte del Corredor Urbano impulsado por la Secretaría de Infraestructura (SI) en el Río Zahuapan de la capital tlaxcalteca, en el que se invirtieron «nada más» 150 millones de pesos que fueron literalmente tirados a la basura, evidenciando un total desconocimiento técnico sobre la superficie construida y el comportamiento del caudal del río a lo largo del año.
A ello se suma la sospecha fundada de que las obras de iluminación de edificios monumentales en la ciudad de Tlaxcala se ejecutaron con sobreprecios, siendo entregadas a una sola empresa con diversas razones sociales para simular competencia.
Además, ya como alcalde y en plena ilegal campaña electoral, su estrategia política incluye pactos inconfesables, aliándose con la cuestionada organización Antorcha Campesina. Este grupo, señalado históricamente por sus nexos con el PRI y otros partidos, recurre a acciones de clientelismo y extorsión que contradicen la ética de la transformación. Sobre esto, abundaremos próximamente.
La reprobación constante de su trabajo en la mayoría de las mediciones de desempeño serias no es un invento de la oposición, sino el reflejo de un pésimo trabajo evaluado mes a mes por los habitantes del municipio de la capital. Sánchez García representa la continuidad de un modelo de gobierno más cercano al continuismo que se aleja de la austeridad republicana, favoreciendo el amiguismo por encima del servicio a la comunidad.
Sánchez García arrastra un lastre evidente a todas luces: el dispendio escandaloso y la operación ilegal electoral.
Más allá de su cuestionable desempeño como servidor público, lo más alarmante es la operación ilegal y anticipada de su campaña electoral. Sánchez García, cobijado por su protectora e impulsora, se encuentra envuelto en un operativo que viola los tiempos electorales y la equidad en la contienda, aunque la autoridad electoral no lo vea ni lo castigue.
El objetivo es claro: manipular la percepción en todo el estado de Tlaxcala para imponer la narrativa de que es la única “opción” viable, a pesar del evidente rechazo ciudadano.
Este despliegue se caracteriza por un dispendio escandaloso. Se presumen recursos económicos de dudosa procedencia utilizados para saturar el estado de basura y propaganda electoral. Paredes, bardas, mantas, espectaculares, impresos, calcomanías, encuestas a modo y perfiles fantasmas inundan las calles y las redes sociales, generando un hartazgo generalizado en la población.
Esta estrategia recuerda a las peores prácticas del viejo régimen, donde el derroche de dinero reemplazaba el debate de ideas y el contacto real con los ciudadanos. Además, los señalamientos sobre el uso de recursos públicos, materiales y humanos de la administración estatal para favorecer a un precandidato son cada vez más fuertes y fundados.
Lo que no pueden evitar ya el delfín y su madrina es que todo lo gastado se les ha vuelto en contra.
Como primera conclusión, por el momento, las declaraciones de Ariadna Montiel no son una sugerencia; son un ultimátum ético para el proceso interno de Morena rumbo a 2027.
El partido se encuentra en una encrucijada crucial. Los recientes acontecimientos generados desde Washington D.C. por el caso de Sinaloa, quieran o no, lo tienen en jaque. Por ello, o cumple su promesa de erradicar el nepotismo, el arribismo y la corrupción de sus filas, o traiciona su propia causa entregando el poder a quienes representan exactamente lo contrario de lo que el pueblo demanda.
En Tlaxcala, la ciudadanía observa con atención este choque de visiones. Si el partido decide apostar por perfiles manchados por la ineficiencia y la falta de prestigio, la autoridad moral que dio origen al movimiento estará en riesgo. La alternativa está sobre la mesa: optar por un perfil de lucha, congruente y cercano al pueblo, o ceder ante la imposición del derroche y el delfinazgo.
La decisión final, más que de las cúpulas, dependerá de la memoria, la vigilancia y la exigencia de los tlaxcaltecas.
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