El reciente evento de presentación del libro “Tlaxcala, un mejor lugar para vivir”, editado por la Secretaría de Cultura de Tlaxcala y escrito por Enrique Ezeta Gómez, no fue más que una elaborada ceremonia de auto indulgencia política. Una ceremonia para enaltecer al padre de Alfonso Sánchez García, el elegido por el actual grupo en el poder, para heredar la gubernatura en 2027.

Celebrado el 11 de marzo de 2026 en el Teatro Xicohténcatl, con la presencia de la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros —quien en su momento fue su enemiga acérrima y ahora aliada incondicional—, el acto reunió a figuras del morenismo local para rendir tributo a Alfonso Sánchez Anaya, exgobernador de 1999 a 2005.
El libro, segundo tomo de la colección “Gobernadores”, pinta al biografiado como un veterinario rural convertido en paladín de la democracia, artífice de la alternancia política y constructor de un Tlaxcala supuestamente más justo y moderno.
Sin embargo, esta narrativa hagiográfica, laudatoria hasta el ridículo, ignora deliberadamente el lado oscuro que ha marcado la trayectoria de Sánchez Anaya.
Lejos de ser un “dios de la política” o un defensor intachable de los marginados, su figura está envuelta en acusaciones de corrupción, nepotismo, vínculos con el crimen organizado y hasta delitos sexuales que han sido documentados en expedientes y reportes, aunque sistemáticamente opacados por redes de poder e impunidad.
El libro omite convenientemente que el sexenio de Sánchez Anaya (1999-2005) coincidió con un auge alarmante de secuestros en Tlaxcala, fenómeno que el propio ex gobernador reconoció públicamente en su momento.
Más grave aún, informes del Congreso de Estados Unidos, como el del Congressional Research Service sobre “México: crimen organizado y organizaciones de tráfico de drogas”, vincularon a Sánchez Anaya con organizaciones delictivas.
Este reporte, que ha llevado a la cárcel o al procesamiento de otros gobernadores mencionados —como su amigo, el ex gobernador de Tamaulipas Tomás Yarrington—, lo señala como figura presuntamente conectada a grupos criminales, sin que hasta la fecha haya enfrentado consecuencias reales gracias a protecciones políticas de alto nivel, incluyendo las del actual régimen morenista.
Durante su administración, la Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE) estuvo infiltrada por elementos vinculados al narcotráfico, como el recomendado de su esposa, Maricarmen Ramírez: Edgar Enrique Bayardo del Villar, quien fue subprocurador y hombre de confianza de Genaro García Luna, y filtraba información a capos del Cártel de Sinaloa.
Sí, García Luna, el hombre más odiado por Morena, que representa la imagen del diablo del narcotráfico en México, actualmente cumpliendo condena en Estados Unidos.
A pesar de advertencias de inteligencia, Sánchez Anaya mantuvo en puestos clave a estos personajes, permitiendo que la delincuencia organizada floreciera bajo su mandato. El resultado: una entidad donde la inseguridad se disparó y los secuestros se convirtieron en moneda corriente entre empresarios y familias.
En el periodo de su gobierno, las redes sociales no eran lo que son hoy; la información oficial era más controlable y se ocultaron muchas desgracias. Los medios, al principio de la administración, no fueron sus aliados, como ahora lo son de la actual administración, pero cuando se dio cuenta de su trascendencia, pagó sendos convenios económicos para callarlos.
Con Sánchez Anaya, pareciera que Tlaxcala dejó de ser un lugar de paso para la droga y esta se asentó en el territorio para no irse nunca más. Lo que vivimos hoy, sin control, con los cárteles, es cierto, viene del tiempo de Alfonso; pero lo que se esperaba era que con la llegada de Morena al poder se terminara con ellos, lo cual no ha sucedido porque se les toleró y se les permitió seguir operando.
El nepotismo y la dinastía familiar son otro capítulo vergonzoso que el libro blanquea con frases vacías sobre “valores transmitidos entre generaciones”. Alfonso no fue el paladín de la democracia en Tlaxcala; miente, y es una desgracia que quienes lo elogian se lo crean.
Sánchez Anaya impulsó políticamente a su esposa, María del Carmen Ramírez García. No solo fue primera dama: la hizo senadora de la República, con una inexplicable injerencia en la toma de decisiones en la administración estatal.
Luego, en el episodio más antidemocrático del que se tenga memoria, no solo en Tlaxcala sino en México, Alfonso quiso dejar a su pareja Maricarmen como gobernadora, imponiéndola como candidata del PRD para la sucesión de 2005. ¿Cuál legado democrático? Sánchez Anaya llevó el nepotismo a su máxima expresión. Y hoy Lorena le quiere hacer el favor de dejar a su delfín en su lugar.
Su hijo, Alfonso Sánchez García, actual presidente municipal de Tlaxcala, es el claro beneficiario de esta maquinaria: de la nada política pasó a secretario de Infraestructura y luego a la alcaldía capitalina, con el respaldo explícito del padre y el impulso de la mandataria, que según dicen paga facturas por favores políticos recibidos.
Esta sucesión familiar y complicidad política es el diseño de un cacicazgo moderno que usa el poder estatal para seguir jalando los hilos del poder, mientras el libro celebra “el legado” como si fuera un ejemplo de meritocracia. Ese es el verdadero Sánchez Anaya.
Pero el punto más delicado y silenciado es la acusación de violación que pesa sobre Sánchez Anaya. En el expediente 1208/2015/TLAX-3 se le involucra en la presunta violación de una asistente personal. Según reportes periodísticos de la época, el ex gobernador habría drogado a la víctima con brownies de marihuana horneados por su hija menor en su propiedad de Toltecapa, aprovechando su indefensión para abusar sexualmente de ella mientras veían una película.
Un favor político más: años después del hecho, el entonces gobernador Mariano González lo “limpió” y evitó que fuera a la cárcel. De esto se podría escribir en otras entregas.
Esta acusación no es aislada en la vida de Alfonso Sánchez Anaya; forma parte de un patrón de abuso de poder y encubrimiento que lo ha caracterizado. Reportes también aluden a escándalos financieros, como el uso irregular de recursos en eventos como Nuestra Belleza México, y a controversias familiares ligadas a herencias y posibles crímenes cometidos por familiares cercanos y colaboradores no aclarados.
Hoy, en 2026, Sánchez Anaya —ya muy cansado físicamente por una mala salud, producto de una vida en la que se menciona que el alcoholismo estuvo presente durante muchos años— recibe halagos de su antigua enemiga Cuéllar, hija de Margarita Cisneros, brutalmente asesinada a puñaladas durante su gobierno. Un crimen que nunca fue aclarado.
Ahora, Lorena lo erige como mentor y “materia gris” detrás de su propio ascenso. A cambio, el ex gobernador parece garantizar la continuidad de su linaje: su hijo como posible sucesor o pieza clave en la estructura morenista local. El libro, financiado con recursos públicos, sirve como panegírico institucional para legitimar esta alianza y blanquear un historial cuestionable.
El libro de Sánchez Anaya está repleto de vacíos de información, de esos que tumban estatuas. El asunto de la supuesta “narcopista aérea”, denunciada por pobladores vecinos del rancho del ex gobernador en Toltecapa, Tlaxco, es un asunto no aclarado; no basta con negarlo.
Por todo ello, Tlaxcala quiere ser encerrada en una memoria selectiva y propagandística.
El título “Tlaxcala, un mejor lugar para vivir” suena a burla cuando se considera el legado real: inseguridad desatada, pobreza sin mejoras estructurales sostenibles, dinastías políticas enquistadas y justicia pisoteada para proteger a los poderosos. Los tlaxcaltecas que sufrieron ese sexenio —y sus secuelas— no necesitan hagiografías; necesitan verdad, rendición de cuentas y el fin de los cacicazgos disfrazados de “progresismo”.
Este libro no es historia; es un lavado de imagen pagado con dinero público.
Alfonso Sánchez Anaya no es un héroe ni un paladín. Es un político controvertido cuyo poder se construyó sobre omisiones, impunidad y favores oscuros.
Mientras su familia y aliados sigan en el poder, Tlaxcala seguirá lejos de ser “un mejor lugar para vivir”. La verdadera transformación vendrá cuando se enfrenten estas sombras, no cuando se editen libros para ocultarlas.
Finalmente, la historia negra de Sánchez Anaya, ahora sabemos, es cada vez más indignante. Se sabe de cosas terribles durante su gobierno, en verdad terribles y repugnantes. Estaremos pendientes de ellas para darlas a conocer.
Esto “no se acaba hasta que se acaba”, dicen. De Alfonso y su familia, hay todavía mucho por escribir.
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